Trump: De la efervescencia al cadalso político

Trump, un racista confeso, ganó las elecciones bajo el eslogan de “Make America great again”.
17 de enero de 2021 00:00

La posverdad es una mentira emocionante. En EE.UU. Trump ha sido el presidente de la posverdad. La más reciente de sus mentiras y seguramente la más grande de ellas, la irresponsable idea del fraude electoral, provocó el 6 de enero pasado el asalto del Capitolio en Washington, sede de las dos cámaras del Congreso. Es decir, un ataque al corazón político del país. Ese día el Congreso estaba sesionando para confirmar la elección del demócrata Joe Biden como nuevo presidente de los EE.UU.

Fue la última movida de Trump para evitar que su opositor le arrebate el sillón presidencial. Antes, promovió más de 50 juicios en distintos estados, tratando de darle la vuelta al resultado; perdió todos. En su penúltima jugada, llamó al secretario de Estado de Georgia pidiéndole que se saque de donde pueda, unos 11.780 votos a su favor. Pero la llamada fue grabada y publicada, haciendo Trump un ridículo que dio la vuelta al mundo. No obstante, pidió a sus seguidores marchar para impedir la refrendación del triunfo de Biden…

Todo esto ocurrió en un país que está tremendamente idealizado. Con la permanente retórica de que lucha por la libertad en el mundo, se da por sentado que EE.UU. tiene la más antigua y madura democracia moderna (1776), y que, por tanto, su sistema y su gente, son también democráticos. Sin embargo, ello está muy lejos de ser verdad. El racismo es un problema estructural en EE.UU., lo que ha llevado a muchos episodios profundamente reprobables en su historia. Uno de ellos, precisamente en 2020, produjo una ola manifestaciones en todo el país y alrededor del mundo: el asesinato de George Floyd, ciudadano afroamericano, en manos de un oficial de policía blanco. Pero no solo eso. Durante muchos años hubo normas que impedían que los ciudadanos afroamericanos y otras minorías pudieran votar. Precisamente por ese racismo estructural, el movimiento de los derechos civiles, liderado por afroamericanos como Martin Luther King y Malcolm X, ambos asesinados en extrañas circunstancias aún no esclarecidas, mantuvo una lucha que generó finalmente un reconocimiento en la Ley de Derechos Civiles de 1964. Además de prohibir la discriminación racial, esta ley dio de baja las denominadas leyes de Jim Crow, que ordenaban la segregación en todas las instalaciones públicas. Es así que incluso celebridades, como Mohammed Alí, en su juventud tenían que comprar su ropa en tiendas previstas solo para población afroamericana, y usar baños precarios para “personas de color”.

La Ley no fue una conquista exclusiva para los afroamericanos, sino para todos los colectivos de inmigrantes: latinos, asiáticos, africanos, etc. Y fueron precisamente estas conquistas, las que en las décadas posteriores profundizaron los derechos de todas las minorías no blancas de EE.UU., así como a colectivos GLBTI. Esto hizo que se gestara un sentimiento de frustración en un importante segmento de población blanca de ese país. No gusta compartir el privilegio de los derechos y las mejores oportunidades con los aquellos que se consideran subalternos.

Es este sentimiento añejo entre la población blanca (algunos de la élite económica, otros de los segmentos populares) el que hizo click con el estilo y las ofertas de campaña del gobernante en 2016. Lo peor que les había podido pasar en esa escalada de derechos de las minorías, es que un afroamericano hubiera llegado a ser presidente. Si bien Obama es seguramente uno de los mandatarios que ejecutó medidas de las más democráticas de la historia dentro de su país, desarrollando además un sistema de atención de salud de proyección universal, muchos de esa mayoría blanca lo veía no solo como un afroamericano que tuvo poder, sino que además les quería imponer “medidas socialistas”.

En ese escenario, Trump, un racista confeso, ganó las elecciones bajo el eslogan de “Make America great again” (hacer grande a América otra vez). Abiertamente echaba la culpa de todos los males a los mexicanos (que para él, como para muchos en EE.UU. son todos los latinoamericanos), a quienes tachó de ladrones y violadores (estigmas usados antiguamente para la población afroamericana), y prometió un muro en la frontera con México para que no se infiltraran más en el país. Su eslogan refería precisamente a esa nostalgia de los tiempos en que existía sin escrúpulos, una supremacía racial blanca, con leyes que la protegían y promovían. Trump ganó en 2016 con los votos de aquellos nostálgicos, que se emocionan con sus mentiras. Votos que, pese a ser más de tres millones menos que los de la demócrata Hillary Clinton, le alcanzaron para ganar, dado el complejo sistema del Colegio Electoral, cuya modificación es ciertamente otra tarea pendiente de EEUU.

Y son esas hordas de supremacistas blancos las que, sin ningún empacho de mostrar sus armas de fuego, algunas de grueso calibre, atendieron el grito desesperado de Trump, irrumpiendo en el Congreso para impedir que Biden, ganador de las elecciones, sea proclamado presidente de los EE.UU.

Pero no solo fueron estas gentes violentas las que apoyaron a Trump. El partido republicano tiene su parte de responsabilidad. Hace un año le salvó del impeachment (el juicio de destitución), acusado precisamente de haber tenido respaldo ruso para ganar las elecciones de 2016 y estar preparando una operación similar, con el apoyo de Ucrania, para perjudicar a Biden en las elecciones de noviembre pasado. Y si bien esta semana hubo 10 senadores republicanos que, junto con la totalidad de senadores demócratas (222) votaron a favor del segundo impeachment, hasta el 6 de enero algunos líderes que aspiran a la candidatura a la presidencia, como Ted Cruz, no dijeron una palabra; y el que calla otorga…

Ahora el aún presidente encara un segundo proceso de impeachment. En toda la historia de EE.UU. se han realizado en total cuatro procesos similares, este inclusive, y Trump es el único que ha enfrentado dos (la mitad de todos). Al tiempo, en este segundo proceso es el único que ha recibido tantos votos en su contra, apoyando el impeachment, de su propio partido. El segundo proceso de impeachment continuará, pese a que el 20 de enero se posesiona el nuevo presidente Joe Biden y su vicepresidenta, Kamala Harris, una persona con enormes méritos, que será la primera mujer en ocupar ese cargo en la historia del país. Es además hija de inmigrantes: su madre es de la India y su padre de Jamaica. Así, si bien Trump ya no podrá ser destituido luego de la posesión, podrá impedirse su candidatura en futuras elecciones. Solo ahora, en las postrimerías del mandato del presidente que se acostumbró a gobernar con la mentira y la intolerancia como herramientas sistemáticas de la política pública, se está comprendiendo que su elección fue un error histórico. Un error que costó caro a EE.UU. y al mundo.

El problema es que Trump se va, pero queda su legado: la apasionada polarización de la sociedad. Una de las grandes expectativas del gobierno de Biden es que logre manejar apropiadamente estas diferencias. No es tarea fácil, pero resulta ineludible. Es de esperar el éxito de su administración, que no solo debe contender con la pandemia y todos los frentes abiertos por su antecesor en el mundo, sino que deberá lidiar con esta mecha encendida. La venta de armas, en un país que es legal portar armas de fuego, alcanzó un nivel asombroso en 2020. Por ello hay intelectuales estadounidenses que reconocen en la supremacía blanca la mayor amenaza terrorista para el país.

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