“Covid-19: la evidencia del desenganche moral”

En la pandemia se usa eufemismos y se calificó de “héroes” o "soldados" al personal médico.
21 de febrero de 2021 00:00

Parte 1

Hace algunos años, producto de la curiosidad investigativa, me embarqué en un viaje para comprender la relación entre algunos mecanismos psicológicos (descritos de forma impecable desde la teoría social-cognitiva) y las conductas racistas, clasistas y violentas de algunos grupos fascistas en Bolivia. Cito la experiencia porque noté que estos mismos mecanismos psicológicos, estuvieron y están presentes también en la gestión y administración de los gobiernos frente al covid-19 en varios casos a nivel mundial. Me detendré a examinar algunos de estos dispositivos en este y el siguiente artículo que además contendrá concisas reflexiones sobre los retos que nos plantean.

Empecemos con la consideración de que los seres humanos en general, experimentamos la vida en sociedad a partir de ciertos acuerdos, reglas, normas, que hacen posible nuestra convivencia. Internalizamos nociones de lo que es correcto e incorrecto desde muy temprana edad, en la adolescencia ponemos a prueba estos límites y eventualmente se instala una regulación producto de la asimilación de las consecuencias de cada acción u omisión.

Este proceso no es para nada lineal ni sencillo mucho menos estático, el problema surge cuando las personas aún conscientes de los límites pueden infringir estas normas haciendo prevalecer varios intereses personales por encima de los de la comunidad. Estos actores al mismo tiempo necesitan de pensamientos “contenedores” que les ayuden a justificar lo injustificable, calmar su ansiedad, reducir su responsabilidad, y evitar sentir culpa.

Uno de los mecanismos presentes en la gestión de la pandemia fue el uso del lenguaje eufemista, cuando por ejemplo se calificó de “héroes” a miembros del personal de salud e incluso se gestionaron aplausos en cierto horario. Se les llamó además personal de primera línea y se los trató (a) como soldados que ofrendan su vida por la salud de otros, romantizando así su participación. Eso cuando se les nombra, que en el imaginario en general son médicos, pensemos en todo el personal de enfermería, camilleros, conductores de ambulancia, personas de mantenimiento entre los muchos que son invisibilizados.

Estos eufemismos se promueven incluso desde los mismos gobiernos que no estaban/están en la capacidad ni en el interés de mejorar las condiciones laborales de estos actores. Esta atención en gestión implica, por ejemplo: la dotación de insumos, la minimización de factores de riesgo laboral e incluso la dotación de seguros de vida, el resguardo psicológico para atender el estrés, depresión, burnout y por supuesto una justa remuneración económica por sus labores, en la consideración que además fueron ampliadas.

En esta misma línea de eufemismos encontramos a los llamados trabajadores esenciales” una calificación que sirve para invisibilizar la ausencia de derechos y seguridad laboral de personas que trabajan por ejemplo en delivery o cómo trabajadoras del hogar, que son quienes con sus acciones procuran el cuidado de la salud de los más privilegiados poniendo en riesgo de sus propias vidas.

Otro mecanismo pernicioso es el desplazamiento de la responsabilidad, mediante este mecanismo la persona elude su responsabilidad y puede llegar a cometer crímenes de lesa humanidad. En general este tipo de razonamiento se ampara en que las acciones se “justifican” en la medida que fueron una orden proveniente de una autoridad, misma que se acató sin la consideración de las consecuencias.

Es lo que podríamos llamar desde la lectura de Hannah Arendt, “la banalidad del mal”. En el caso de la gestión de la pandemia, las amplias burocracias, la corrupción de mandos medios y las órdenes negacionistas de algunos líderes con poder, promovieron que todos los demás actores involucrados disuelvan la responsabilidad de su grado de participación lacerante aludiendo a que “solamente seguían órdenes”.

Finalmente, la justificación moral promovió el ejercicio desproporcionado de la fuerza ante varias manifestaciones sociales, ordenó la militarización de las calles, al mismo tiempo que motivó la vigilancia y la denuncia entre los mismos vecinos. Este mecanismo reactivó también los nacionalismos y reafirmó las desigualdades, como en el caso de los países hegemónicos que actualmente concentran la mayor cantidad de vacunas para sus poblaciones lo que deja en situación casi de mendicidad, muerte y de impaciencia a los países menos favorecidos.

 

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