Una canillita, sustento de su hogar, fallece en un incendio

- 20 de mayo de 2019 - 00:00
El incendio sucedió en la planta alta de una casa ubicada en la cooperativa Unión de Bananeros, en el Guasmo sur.
Foto: Karly Torres / El Telégrafo

La mujer de 64 años acostumbraba a encender palo santo, en una olla, junto a su cama. Aparentemente una llama alcanzó el colchón y el fuego se expandió rápidamente por el cuarto.

Alejandro Iza no pudo salvarle la vida a su esposa María Beatriz Ballín Ballín, de 64 años, con quien trabajaba diariamente vendiendo periódicos en Guayaquil. Él es un adulto mayor que no escucha y tampoco puede hablar, solo se comunica con sus familiares a través de señas que ellos comprenden.

Cerca de las 20:50 del sábado 18 de mayo, la pareja estaba sola en su casa, ubicada en la cooperativa Unión de Bananeros, en el sur de la ciudad. El hombre estaba en la planta baja y ella había subido a su habitación.

La mujer cerró la puerta del cuarto, en una pequeña olla colocó pedazos de palo santo y los encendió junto a su cama, tal como hacía cada noche para ahuyentar a mosquitos y otros insectos.

María Beatriz pretendía descansar, pero una llama alcanzó el colchón y el fuego se propagó rápidamente en su dormitorio y el contiguo, separado por una pared con una puerta de madera.

El otro dormitorio tenía otra puerta más fuerte que conducía a la sala y escaleras; también estaba cerrada. “Le quebramos un vidrio de la parte superior y el humo salía como chimenea. Era imposible abrirla, así que la tumbamos. No se podía ver ni respirar”, contó Jenny Totoy, sobrina de la víctima.

Ella estaba con otros familiares a pocas cuadras de la casa, por cenar, cuando escuchó que gritaban que había un incendio. Los vecinos que intentaron ayudar resultaron con quemaduras en brazos y pies.

El cuerpo de María Beatriz estaba en el baño de la habitación, la ducha estaba abierta. “No pudo salir porque justo el fuego empezó junto a la puerta, creemos que por eso fue al baño”.

Mientras Jenny hablaba, Alejandro Iza solo lloraba inconsolablemente y parecía que podía leer los labios de su sobrina porque asentía moviendo su cabeza ante lo que ella decía. “Ella era el sustento de la casa. Trabajaba desde hace 35 años como canillita, en las calles Chile y Venezuela. También vendía lotería, así sacó adelante a sus cuatro hijos”, manifestó Doris, su hermana.

Marcos Cusquillo, el hijo adoptivo de María y Alejandro, lamentó salir 10 minutos antes del incendio a ver una moto que quería comprar. “Siempre lo dio todo por nosotros. Ella no dejaba de trabajar porque también tenemos un hermano con discapacidad motriz que requiere atención”. (I)

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