Mantener la tradición fue la certeza del voto gallero

08 de mayo de 2011 - 00:00

Desde las 03:00, Manuel Freire  empezó a repartir pollos en mercados y restaurantes de Salitre. Cría las aves en una hacienda (a  15 minutos del cantón) y en una vivienda del sector periférico, donde además tiene gallos de pelea.

“Por ser día festivo se vende más”, comentó Freire. En el lapso de casi 8 horas entregó aproximadamente 300 pollos que fueron pelados por él y unos ayudantes desde la noche anterior.

La actividad la heredó de su padre, quien falleció hace 8 años. “Ya es una tradición familiar, porque mis dos abuelos también se dedicaron a los gallos y cría de pollos”, manifestó. Don Manuel fue el único de tres hermanos que decidió seguir con la tradición.

Freire ya tenía planeada la agenda de ayer: primero el trabajo y luego “a cumplir con la patria”. Por cuenta propia se instruyó sobre el contenido de las preguntas de la consulta y su decisión ya estaba tomada, y tan seguro de ello que no llevó una “polla” electoral.

A las 12:30 había concluido su trabajo de entregar los pollos y se dirigió hacia una casa ubicada a 50 metros de su domicilio. En el sitio, pasó a visitar los 100 gallos de pelea que tiene en crianza.

Acompañado de Honorio, el menor de sus tres hijos, Freire subió unas estrechas escaleras de madera para llegar a su gallera. Desde el primer escalón ya se advertía la presencia de los gallos, por el aroma característico de estas aves.

Los gallos, que advirtieron la presencia de personas, empezaron a cantar de forma ensordecedora, como lo hacen al amanecer. El coro  se calmó una vez que vieron a don Manuel.

Freire cogió a uno de sus animales como amuleto de buena suerte antes de ir a la escuela fiscal Coronel Brito, donde le toca votar desde el año pasado.

“Yo sé que  si gana el Sí o el No mis gallitos no pierden”, dijo Freire. “Las peleas de gallos continuarán porque no manifiestan tortura como se describe en la pregunta 8”.

A las 13:20 se dirigió hacia su recinto electoral y luego de quince minutos estuvo cerca del sitio. En los alrededores del plantel, decenas de vendedores de comidas, bebidas, artesanías y emplasticadores estrecharon aún más la peatonal que conducía a la escuela.

Con su gallo en la mano izquierda y su hijo Honorio a la derecha, don Manuel se abrió paso entre  la enorme afluencia de personas que entraba y salía del recinto.

“Ya sé donde votar”, comentó Freire. Desde la semana anterior, uno de sus hermanos le informó que debían volver al mismo  sitio donde sufragó en las elecciones de 2009.

Si llegar al recinto fue difícil, encontrar la junta receptora del voto (JRV) lo fue aún más para don Manuel. La mesa 14, el sitio del sufragio, se hallaba en el primer piso y tan solo subir  la escalera tomó cerca de cinco minutos, por la gran cantidad de gente al interior del establecimiento.

Una vez en la planta alta, Freire necesitó de 5 minutos más. Los pasillos eran más estrechos que las escaleras y otras personas, entre ancianos y minusválidos, también pugnaban por encontrar la junta que les correspondía o intentaban retirarse del sitio.

Con todas estas  dificultades, don Manuel consiguió llegar a su JRV con gallo en mano. A las 13:45 entregó su cédula de identidad y en menos de un minuto expresó su voluntad en las urnas.

“Así de decidido estaba”, afirmó el salitreño. Para agilizar el voto,  Manuel Freire dejó su gallo al cuidado de uno de los vocales de la junta 13, que compartía la misma aula con la 14.

Después intentó salir del recinto electoral por una vía distinta, pero solo había una manera de abandonar el lugar y era por el mismo sitio por el que había llegado.

Ya afuera, don Manuel, que estaba visiblemente satisfecho, se dirigió hacia su hacienda para chequear sus chanchos y cultivos de cacao y papaya. “Toda mi familia votó igual que yo, por el No”, aseguró.

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