La Amazonía, cada vez menos lejana

29 de abril de 2012 - 00:00

Los sonidos del viento, de los grillos y del correr de las aguas en el río Napo son parte de la vida de los habitantes de la ciudad de El Coca, en la provincia de Orellana. Melodías que se mezclan con el ruido de carros, buses y camiones, que cruzan las 24 horas del día por el antiguo puente que la empresa petrolera Texaco construyó en los años 70, con residuos de su tubería.

Durante décadas, el viejo puente ha sido la única vía de conexión de la provincia amazónica con las comunidades y parroquias Dayuma, García Moreno, Inés Sarango, El Dorado, La Belleza y Taracoa, asentados en la vía al Auca. Por el lugar transitan 4 mil vehículos pesados y livianos diariamente.

Sin embargo, la necesidad de una nueva conexión para los habitantes hizo que desde 2008 inicie el montaje de un  puente de 740 metros de largo y 16 de ancho que soportará hasta 60 toneladas de peso. Contará con dos carriles para el tránsito vehicular, una ciclovía y una acera peatonal. Tras cuatro años de trabajo de 23 mil personas, entre ellos expertos de Francia y Estados Unidos, este puente será inaugurado mañana, a las 18:00. 

Luis Játiva, director provincial del Ministerio de Transporte y Obras Públicas de Orellana, explicó que el puente, denominado “atirantado” está compuesto por tres elementos: dos torres con una longitud de 90 metros (actualmente  la estructura más alta del país), un tablero metálico y los tirantes que sujetan toda la estructura cimentada por pilotes de 40 metros de longitud y 1,20 metros de diámetro, que podrán soportar hasta un sismo de 9.8 grados en la escala de Richter.

La inversión de la obra supera los 55 millones de dólares y algunas de sus piezas fueron armadas en el extranjero. Para los 136.396 habitantes de Orellana, el puente representa una vía de comunicación y comercio más rápida, pues el antiguo paso tiene un solo carril unidireccional y los espacios para el cruce peatonal son estrechos.

Gran parte del transporte que circula por la zona corresponde a vehículos pesados de empresas petroleras que transportan maquinaria para la extracción, colocación de torres, manejo de desechos, abastecimiento de alimentos para los trabajadores y para el resto de poblaciones aledañas, así como para el transporte maderero, escolar, público y turístico.

Los niños que estudian en centros educativos de El Coca, pero que viven del otro lado del río, prefieren caminar por el costado de la antigua estructura metálica ya oxidada, aunque a veces el pavimento y metal hierven a causa del implacable sol (32º C), que puede  doblegar hasta al más fuerte, pues el clima de la Amazonía es impredecible, en cuestión de segundos el calor se puede ver opacado por una repentina e incesante lluvia que transforma el ambiente en un lugar fresco y cálido.

Con el fin de que el proyecto sea integral se han realizado obras complementarias como vías de acceso, además del parque del Malecón. Las miles de personas que utilizan el antiguo puente guardan gratos recuerdos de su construcción; pero, sobre todo, del rompimiento de una barrera física que existía entre pobladores de una misma provincia.

Doris Cortez, gobernadora de Orellana, indicó que muchos de los habitantes de El Coca invirtieron sus ahorros en transporte pesado, relacionado a la industria petrolera, y resultado de ello se puede observar cómo las casas sencillas de madera fueron reemplazadas por otras de cemento de dos y tres pisos, con antenas  de televisión pagada,  incluso en zonas adentradas en la selva.

Hasta las parroquias y comunidades ingresan productos como: arroz, plátano, yuca, pescado, cerveza y colas. Los camiones de bebidas realizan continuos viajes para abastecer a las zonas más lejanas.

Muchos romances surgieron sobre la vieja estructura que se levantó sobre las aguas del Napo, colegiales que buscaban la oscuridad y alejamiento para encontrarse con sus novias, y amores separados por un río. 

Es el caso de Cristóbal. Su casa está ubicada frente al río. El paisaje de toda su vida fue el puente, ahí conoció a Teresa, cuando caminaba cargando una carreta con productos básicos que vendía del otro lado.

Ahora, cada día, a las cinco de la tarde, Cristóbal se sienta a observar no solo la caída del sol sobre el río, sino también cómo en poco tiempo el puente de sus amores será derrumbado porque uno nuevo tomó su lugar.

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