En búsqueda de la oposición perdida y un plan alternativo

03 de octubre de 2011 - 00:00

En el clásico esquema liberal, el crecimiento económico y los contrapesos en la democracia garantizan estabilidad, gobernabilidad y prosperidad. Si eso se aplica al Ecuador de este año con las estadísticas globales, la democracia está sólida. Así, ¿por qué la rabia de la oposición liberal y de derecha? Y por lo mismo, ¿alguien apuesta que un 30-S no vuelva a ocurrir, porque por la vía democrática y desde la fuente legítima de la representatividad no se puede desmontar lo que en cuatro años se ha logrado?

Quizá en la otra izquierda la discusión puede entenderse y hasta justificarse. Prevalidos de que las revoluciones rompen con el modelo y trastocan toda  institucionalidad, su oposición al Gobierno de Rafael Correa tendría relativo sentido, pero cuando se oyen discursos demandando “independencia de poderes”, “libertad de prensa (como sinónimo de libertad de empresa)” y “consensos mínimos” ya todo análisis “izquierdoso” y “revolucionario” cae en saco roto.

Pero en la derecha como en la otra izquierda hay un presupuesto político elemental que no lo desconocen y por tanto los bloquea: las cifras macro de la economía, las encuestas de credibilidad y aprobación, el desarrollo productivo, la inversión directa e indirecta y también la estabilidad política dan cuenta de un país no leído ni entendido por esas dos posiciones, aupadas desde los medios.

Lo que los une ahora, sin recelo,  es un discurso moral de la política, para revalorizar cierto fundamentalismo. Y con ello se alejan de su propia matriz ideológica, se adscriben al pensamiento único y disuelven todo debate plural.

¿Qué programa económico, social y hasta cultural ofrece la oposición que no sea la “eliminación” (algunos sueñan hasta en la eliminación física) de Correa? ¿En sus ofertas de cambio consideran una ruptura con la estabilidad económica vigente? ¿Cabe ahí una nueva orientación que priorice el mercado y no la sustentabilidad social de la economía? ¿La definición política va por una apertura “democrática” para “corregir” la Constitución y retomar preceptos y conceptos de la anterior?

Que el segundo trimestre del año el crecimiento se coloque en el 8,9% y que el sector no petrolero crezca en 9,8 no son cifras de un síntoma sino la expresión de un modelo que revela, con el tiempo y las aguas, su coherencia en la aplicación y en la asimilación por parte de los factores de la economía.

Quizá donde todavía no hay una luz ni tampoco un plan que convoque a la movilización política y simbólica sea la llamada Revolución Agraria. De producirse sería el factor de quiebre del modelo de acumulación y el que empuje al desarrollo rural, donde todavía perviven inequidades, atrasos y hasta endémicas pobrezas de todo tipo.  

Y no cabe duda de que ahí la oposición de las arraigadas nuevas élites  terratenientes harán su presencia con fuerza, pues serían tocadas en lo más sensible de su poderío. Para que esa Revolución Agraria arranque ya se han demorado casi cuatro años desde que se la planteó como pilar de la propuesta del Gobierno.  

Entonces, enredados en las negociaciones pre electorales, en el análisis de las posibilidades y en la búsqueda del nombre, grupo, personaje, financista y hasta organización política que arrebate el liderazgo del actual mandatario y legitimidad al proyecto que lo representa, la oposición de derecha e izquierda no atina con la fórmula política y el plan alternativo.

Eso de que “hay Correa para largo” no se reduce a una persona, como lo quieren hacer creer  los analistas bajo el esquema clásico liberal y en el marco de una democracia estrictamente presidencialista. Caracterizar esos esquemas como verdades universales obliga a reflexionar sobre los conceptos de los posible e imposible. Demandamos más democracia sin regresar a ver la pobreza o las obras que la combaten; exigimos respeto “moral” y pasamos de largo frente al racismo y el sexismo.

O como dice el filósofo esloveno Slavoj Zizek: “Vivimos una época que promueve los sueños tecnológicos más delirantes, pero no quiere mantener los servicios públicos más necesarios... El capitalismo actual se mueve hacia una lógica de apartheid, donde unos pocos tienen derecho a todo y la mayoría son excluidos”.

Aquellos que reclaman una democracia social, un presidente “escaneado” en el molde de la contemporaneidad capitalista y un proyecto menos cerrado dejan de lado el factor que la ciencia política explica: ningún proyecto político emancipa su propia condición si concede toda legitimidad a quien lo contradice desde su negación.

¿Abrir la mano a la oposición significa que el MPD defienda una educación sexista y mantenga los colegios femeninos y masculinos como alternativa para este siglo? ¿También que el mercado sea manejado por menos de una decena de familias y que una de ellas sea condecorada por Línder Altafuya, asambleísta del MPD? ¿Que ahora la filosofía de un banquero “encauce” a la oposición porque el bienestar que proclama se sustenta en la inversión local para un rendimiento financiero individualista sin contemplar el desarrollo colectivo de las sociedades?

Inscritos en ese panorama, la fotografía de la crisis económica mundial es un acto de pedagogía política. América Latina ahora puede dar la receta de lo que no se debe hacer. Si volvemos a aplicar las recetas del FMI tendríamos a Grecia, España y EE.UU. como mejores referentes. Si los gobiernos entregan todas sus reservas para salvar los bancos y a los empresarios especuladores “gozaríamos” de otra oleada de migración pero sin saber a dónde ir porque los “paraísos” desaparecen, tanto que ahora esos migrantes de finales de siglo XX apuestan por el retorno.

Por todo ello, obligados a la unidad pre electoral, la izquierda y la derecha pueden y deben alimentar el debate proponiendo y no solo buscando la eliminación del otro.

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