Luis Chérrez: "Cuando vi a Pablo Escobar sentí miedo"

- 26 de enero de 2020 - 00:00
Luis Chérrez contó sobre su carrera futbolística y cuando conoció a Pablo Escobar
Foto: Jhon Guevara/ et

El exdelantero ambateño, que marcó más de 130 goles en su carrera profesional, conoció al narcotraficante colombiano en 1993, cuando iba a fichar por el Atlético Nacional de Medellín.

Cuando vio a Pablo Escobar el miedo le invadió. Estar cerca del máximo líder del Cartel de Medellín hizo que el futbolista ambateño Luis Chérrez experimentara adrenalina y temor.

Y no era para menos. Chérrez estaba frente al hombre que orquestó 623 atentados que dejaron como resultado aproximadamente 402 civiles muertos y 1.710 lesionados, según la policía colombiana.

Estaba junto con el famoso narcotraficante que mató a 550 policías e hizo estallar 100 bombas tan solo entre los meses de septiembre y diciembre de 1989. Razones le sobraban para sentir temor.

Chérrez conoció a Escobar a inicios de 1993, el mismo año en que cayó acribillado por la policía colombiana en una casa en el barrio Los Olivos, al occidente de Medellín.

Coincidieron en Pasto, a donde había ido el ambateño como parte de la plantilla de El Nacional para jugar un partido amistoso ante el Atlético Nacional de Medellín, club del que Escobar era hincha acérrimo.

Chérrez estuvo cerca de Escobar durante una conversación con dirigentes del Atlético Nacional en el Estadio Departamental Libertad, en Pasto. Lo querían en el equipo. Estuvo a unos metros de él, pero no se le acercó.

La dirigencia del cuadro “Verdolaga” le ofreció a Chérrez -que en 1992 había marcado 12 goles con los “Puros Criollos” en el Campeonato Nacional- un contrato con una prima de $ 80.000 y un salario mensual de $ 50.000.

Eso era mucho más de lo que ganaba en El Nacional, ¿supongo que aceptó la propuesta?

Imposible decir que no. Me sorprendí porque era mucho dinero. Debía viajar a Medellín para unirme a los entrenamiento del equipo después de la Copa América de 1993, en Ecuador.

Estaba ilusionado porque iba a ser mi primer equipo en el exterior y de paso iba a ganar bien, pero me lesioné en una jugada sin historia en un amistoso contra Chile.

Como en Colombia me querían para jugar ya, no me esperaron y se vino abajo el acuerdo. Francisco “Pacho” Maturana me había pedido y ya había negociado con la dirigencia de Atlético Nacional en Pasto.

Ese día vi a Pablo Escobar cerca y sentí miedo.

La lesión fue una rotura de ligamento cruzado de la pierna izquierda. El informe de los médicos de El Nacional decía que usted ya no podía volver a jugar fútbol.

Iba a ser titular en la selección porque Eduardo “Tanque” Hurtado jugaba en Suiza en ese momento. Ya estaba haciendo la rehabilitación y el médico del club pasó un informe a los directivos que decía que ya no podía jugar más al fútbol.

Me sorprendí porque las ganas siempre estaban para salir adelante. Hicieron aparentemente un buen cambio porque José Pavón va a El Nacional y yo al Deportivo Quito para 1994.

En ese campeonato quedé goleador con el Deportivo Quito y le llamaron la atención al médico. Querían que regresara a El Nacional, pero más valió el orgullo y no volví.

Entonces en ese momento empieza su idilio por los colores azul y grana, del que ahora es hincha. ¿Siente resentimiento con El Nacional?

De ninguna manera. En ese club viví los mejores años de mi carrera. Fui segundo goleador de la Copa Libertadores de América de 1993, tuve la oportunidad de salir a jugar al exterior, pero no se dio.

El Nacional me dio todo. En el Deportivo Quito fue lo contrario. Pasamos peripecias porque no cobrábamos. Es mentira que el club descendió porque se gastó en exceso para ganar los últimos títulos.

El club siempre se manejó así, no pagaba. En 1995 no nos pagaron un peso. En 1996 llegó al club Luis Chiriboga y nos canceló un 30% de lo que nos debían. El resto lo perdimos.

Pese a que le quedaron debiendo plata, igual el equipo se le metió en el corazón.

La pasión de la hinchada del Deportivo Quito me atrapó por completo. Hasta ahora acompaño al equipo en el estadio pese a que está descendido. Incluso mi escuela de fútbol se llama “AKD”. Así juegue en segunda voy a verlo con mis hijos.

Su gusto por el fútbol empezó cuando era un niño pese a que ni su papá ni su mamá se lo inculcaron. ¿Qué despertó esa pasión?

Ni a mi papá ni a mi mamá les gustaba el fútbol. Con mi hermano Gusman jugábamos de vez en cuando. Nos colábamos con pagar al estadio Bellavista. Mi mamá se hizo al dolor y nos mandaba comida. Éramos los hinchas número uno de los equipos de Ambato (Técnico Universitario y Macará). Íbamos temprano para ubicarnos en el mejor lugar.

A propósito de los clubes de Ambato, usted empezó un poco tarde en Técnico Universitario. Tenía 13 años cuando se presentó a un selectivo. ¿Es verdad que se fue a probar sin zapatos?

Mi mamá (Luz María Canseco) nunca tuvo para darnos un par de zapatos. El entrenador de la prejuvenil, Luis Reyes, me dijo que debía conseguir un par de zapatos porque estaba entre los escogidos. Llegué a Santa Rosa, mi parroquia, y fui a hablar con mi padrino Homero Silva. Con mucho gusto me dio 230 sucres para comprarme un par de zapatos Venus.

No tenía a quién más recurrir. Yo quedé huérfano de padre cuando tenía 9 años y mi madre se hizo cargo de mis seis hermanos y de mí.

¿Y entrenaba con los zapatos Venus?

Lo hacía, pero 15 días después me dijeron que iba a debutar en la prejuvenil con 13 años. Necesitaba zapatos de fútbol. Una semana antes de mi debut fui a ver al equipo de la Tenería San Agustín y ahí estaba Kléber Guamán, el gerente. Yo estaba detrás del arco y no sé cómo se enteró que necesitaba... (hace una pausa y sus ojos se llenan de lágrimas).

Me dio unos preciosos zapatos Adidas. Siempre llevo ese recuerdo en mi corazón.

A sus padres no les gustaba el fútbol, pero usted estaba encaminado al profesionalismo.

Cuando ya empecé a jugar en Técnico Universitario mi mamá me acompañó a todos los partidos. Una vez jugamos en el colegio Guayaquil con la prejuvenil y el árbitro no pitó una falta contra mí.

Cuando regresé a ver, mi madre seguía al árbitro con una piedra por eso. De a poco se fue emocionando con el fútbol.

Y su mamá pasó de alentarlo en los campeonatos prejuveniles a celebrar con usted sus títulos profesionales. ¿Cómo fue aquella vez que lo sorprendió en el estadio Monumental cuando ganó el campeonato de 1992 con El Nacional?

En la final contra Barcelona yo marqué dos goles en la ida (2-1), ella estuvo en el estadio Atahualpa y festejamos. Le dije que a Guayaquil no fuera por seguridad.

Pero no me hizo caso. Quedamos campeones con el empate 1-1 y yo estaba celebrando en el camerino. Mi mamá fue con un vestido rojo a la general sur y los hinchas de Barcelona la bajaron en hombros a la cancha para que pudiera ir a festejar conmigo. Fue emocionante.

¿Qué recuerda del gol que le hizo a Carlos Luis Morales en la final de ida en el Olímpico Atahualpa?

Ese es el mejor gol de mi carrera. Fue un centro de José Vega, yo me elevé entre Byron Tenorio y Jimmy Montanero para marcar de cabeza al palo izquierdo.

Retrocedamos a 1987, cuando aún estaba en Técnico Universitario. En el campeonato nacional de ese año lo suspendieron por una agresión al árbitro Adolfo Quirola. ¿Qué pasó exactamente?

Tuve un mal comportamiento en un partido contra El Nacional, en la última parte del torneo. Al último minuto nos hizo un gol el “Flaco” Paz y Miño y nos fuimos contra el árbitro. Por separarle a Mario Calero le golpeo en la cara al árbitro. Fui suspendido un año.

Pero le levantaron la sanción...

Así fue. Cuando me llamaron para darme la amnistía, lloré y le pedí perdón a Adolfo Quirola. Le dije: “Este año le dedico el campeonato a usted”.

Esa temporada fui el jugador más correcto, nominado incluso al premio Fair Play. De 45 partidos que jugué, no recibí ni una sola amarilla. Esa fue la mejor manera de pedirle disculpas.

Al año siguiente tenía todo arreglado para jugar en Barcelona, pero finalmente fue a El Nacional.

Barcelona daba 11 millones de sucres y dos jugadores para ficharme. Yo tenía que viajar un lunes a Guayaquil, para presentarme porque ya estaba todo hecho. El sábado, el periodista Gonzalo Rodríguez va a mi casa para entrevistarme y me felicita por haber fichado por El Nacional.

Le digo que no, que ya estoy para Barcelona. Ahí me dice que El Nacional puso un jugador más y así se cerró la contratación.

¿Cómo lo tomó usted? El sueño de todo futbolista en esa época y ahora es jugar en Barcelona.

Me emocioné porque yo admiraba a muchos del equipazo que tenía El Nacional: Paz y Miño, Ermen Benítez, José Villafuerte, Carlos Ron.

Me preguntaba: ¿Qué voy a hacer en medio de tanta figura? Cuando llegué me recibió Carlos Ron y me advirtió que los defensas me iban a dar patadas en los entrenamientos. Tienes que ser macho, me dijo.

¿Y fue así?

Tal cual. Me cogieron a cargo Hans Maldonado, Andrés Nazareno y Luis “El Chifle” Mosquera. Carne fresca, decían. Pero yo con la pelota también me defendía y los podía superar. Había que pasar la prueba con ellos, más que con el técnico (risas). Pero después me acogieron bien, me apoyaron mucho con su experiencia.

Su situación económica mejoró con su vinculación a El Nacional. ¿Qué hizo con sus primeros sueldos en sus clubes?

Mi mamá tenía una casa de adobe con el piso de tierra y cocinaba con leña.

Con mis primeros salarios en Técnico le compré una cocina a gas, luego en El Nacional mejoré mi situación y le arreglé la casa totalmente. Para mí ha sido mejor dar que recibir. Emocionalmente fue mejor para mí. Hemos sido el orgullo de mi mamá. Quisiera tenerla siempre.

Los jugadores de su época no tenían formación futbolística. ¿Cómo surgió usted en el fútbol?

Al jugador lo iban a ver en el barrial, en los colegios.

Soy de una familia de 7 hermanos, mi madre se quedó viuda cuando yo tenía 9 años y eso hizo que ella tomara el control; con su esfuerzo nos sacó adelante. Yo terminé la escuela sin haber utilizado un par de zapatos.

Cuando acabé, el rector de la escuela me dijo que tenía condiciones y que debía ir a probarme a un equipo. Yo era hincha de Técnico y caminé 10 km para llegar al lugar de entrenamiento. En la vida nada es fácil. Los padres hacen sacrificios para ganar dinero y darles gusto a los chicos.

Eso le transmite ahora a los niños que forma en su escuela de fútbol.

Me halaga hacerlo. Todo en la vida es pasajero y si no dejas un legado de lo que a ti te gusta, no funciona. Como dicen: “El que no nació para servir, no sirve para vivir”. La experiencia que adquirí en el ámbito profesional sirve mucho. Pronto tendremos figuras en el campeonato nacional.

En la selección estuve con Álex Aguinaga y yo siempre lo pongo de ejemplo con los chicos. Fue un ejemplo de profesional. Tengo que reconocerlo, que no era tan profesional.

En la selección juvenil de 1987 él se cuidaba y se quedaba en el hotel. Otros compañeros y yo salíamos a joder, a pasear en la noche. Lo molestábamos por eso, pero hay que ver hasta dónde llegó, fue el mejor jugador de la década en México.

Yo pude ser, a lo mucho, el mejor jugador del Ecuador, con lo que hice en El Nacional o Deportivo Quito. Pero los logros que alcanzó él los hubiese querido tener.

Las 12 operaciones que tiene en la rodilla izquierda también se lo impidieron.

Me encantaba jugar. Me apresuraba en volver cuando me lesionaba y volvía a herirme enseguida. Haciendo cuentas, la mitad de mi carrera pasé operado. Pero disfruté el fútbol. (I)

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