El clásico argentino no deja de lado a la gente

- 10 de noviembre de 2018 - 00:00
No son pocas las ocasiones en que el fútbol reúne a la familia. Los colores se heredan, se transmiten.
Foto: Cortesía | Andrés Chonillo

La final de la Libertadores, en Buenos Aires, empezó antes del partido. Los días previos: las barrigas que hormiguean, los insomnios, la espera, el hincha que teoriza sobre las emociones de un Superclásico:

”En un Boca-Racing, ponele, quiero que gane mi Boca. Pero si ese día hay un River-Independiente, estaría dispuesto a sacrificar una victoria nuestra, la cambio por una derrota de las ‘gallinas’. Gozo de la derrota ajena más que de la victoria propia. ¿Sabés por qué un Boca-River despierta tanto? Porque las posibilidades emocionales se redoblan: podemos ganar nosotros y ellos perder por causa nuestra. El azar de encontrarnos permite que las emociones, como el dólar, se dupliquen, ¿entendés?”. Lo dice Carlos Díaz, un hincha que “es” Boca.

Es raro, es muy de argentinos: no son hinchas del equipo, “son” el equipo. Hay un sentido de apropiación, un uso desmedido de la primera persona del plural. En aquel “nosotros” reposa el sentimiento de pertenencia, la tribu de la que se es parte. Los hinchas apenas se diferencian de los jugadores porque patean menos pelotas, saben menos de gambetas engañosas y nadie les paga por perseguir un objeto redondo. Lo demás, la pertenencia, es idéntica. 

En Las Heras y Austria, una publicidad imposible: dos adolescentes -uno con la camiseta de Boca, otro con la de River- se abrazan. Al abrazo, inédito en la historia de la emotividad futbolística, lo acompaña un texto: “La Copa Libertadores se queda en Argentina. Festejemos”.

"Boca y River son dos países distintos. ¿Qué es esa boludez de ‘la Copa se queda en Argentina’?”, se pregunta Mauricio Rodríguez, cuando le comento, con inevitable cizaña, la publicidad. 

Estamos en el barrio La Boca. Mauricio asume el riesgo de vivir aquí y caminar con la camiseta de franja roja, mediocremente escondida por un abrigo semiabierto. Como quien restituye su derecho a deambular en un barrio que fue de los suyos: hasta 1923, River jugaba aquí. Luego se mudaron: a Palermo y después al actual estadio Monumental, en Núñez.

“El Monumental lo reconstruyó Videla. Esa mala vibra se siente. ¿Cómo pueden vivir sobre un césped que tal vez esconde muerte?”, dice Héctor Acosta.

Se refiere a lo de 1977: Jorge Videla  (líder de la dictadura militar argentina entre 1976 y 1981, responsable de  alrededor de 30.000 desaparecidos) reconstruyó el Monumental, lo tornó en sede del Mundial del 78. 

“River no es sin Boca. Ni Boca sin River. Todo héroe, para serlo, necesita construir un enemigo. Nos odiamos, pero porque nos conviene. Es un odio, ponele, útil”, dice Claudio Sosa, hincha de River. Entonces, otra versión de la publicidad del abrazo: a Boca y River los hermana el afán de, mediante su rivalidad, engrandecerse.

En Caminito, la calle turística de Boca, donde extranjeros pagan por una foto con el doble de Maradona, hay una agencia. Ofrecen entradas para la final en la “Bombonera”. La localidad Popular” cuesta 30.000 pesos ($ 867) y la Platea Baja Lateral, 35.000 ($ 1.011). Dos japoneses -boquenses desde la Copa Intercontinental, en Tokio, en el 2000, cuando Boca le ganó al Real Madrid- piden información. Compran.

“River es el único matrimonio que prospera. Uno no abandona los colores. A veces uno se hace el difícil y no va a la cancha. Pero jamás, ni en la B, menos en la B, se divorcia”, dice Sergio Romero, un salteño.

El fútbol, la última entidad en la que sobreviven los ideales románticos: la fidelidad a toda causa, el amor eterno que se hereda. “Lo que nos diferencia a los de Boca es lo que ponemos en la cancha. No importa si el jugador es bueno o no. Es la entrega, lo que ponemos”, dice Diego Castro.

Suponer que se es diferente, que se tiene algo diferente para poner. En eso consiste el ideal de la superioridad.

Visto con distancia emocional… la distancia que podría tener un extraterrestre que aterriza hoy, en la “Bombonera”, y no entiende nada:

Tan solo son 22 desesperados que persiguen algo que rueda. Que corren como si ese esférico fuese el último fabricado. Que pujan por introducirlo a un lugar pactado y no a otro. Que, cuando lo meten, rugen eufóricos y multitudes alrededor se lo restriegan al rival -que hoy no está- en la cara (“Es para vos, es para vos, gallina/bostero p*** la p*** que te parió”.).

El atontamiento y repetitivo pateo de un artefacto esférico.

La final del Superclásico no terminará cuando finalice. Sino después, el lunes. En las cargadas -burlas- en los colegios, en los pasillos del trabajo. Ahí, y no en la cancha, se disputarán cuestiones inútilmente trascendentes. ¿Qué es el fútbol sino aquello vacío de valor que, sin embargo, importa? (I)

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