Ana Cangá, esposa de José Luis Perlaza jugador canario

14 de agosto de 2011 - 00:00

Lo conoció antes de que se convirtiera en jugador profesional, aunque no tuvo que esperar mucho para que unos meses después lo contratara el Audax Octubrino de Machala, en 1999, el primer  equipo del defensa de Barcelona José Luis Perlaza.

Su esposa  Ana Cangá comenta que ha vivido “el cambio” junto a su pareja, cuando decidió tomar la carrera de futbolista. Esto le ha significado moverse de  residencia por tres ocasiones. Primero a la provincia de Manabí, luego a Chimborazo, en donde vivió durante 8 años, cuando José Luis militó en el Olmedo; y en la actualidad en Guayaquil.

“Lo he tomado con serenidad. Sé que es un personaje público y que cuando nos vamos de compras, al cine, siempre le piden autógrafos, a veces cuando ya estamos con el tenedor en la boca, aparecen los hinchas,  pero ya nos hemos acostumbrados”.

Sencilla, de la misma estatura o un poquito más alta que el “Zancudo”, como se conoce al jugador, se percibe a Ana, quien vive con sus dos hijos, Walleska, de 10 años, y Luigy, de 3, en Casa Club, vía a la Costa.   

Sobre el Clásico del Astillero, a jugarse hoy (16:00), en el estadio rival, Ana manifiesta que espera que gane Barcelona, porque “ya es hora”. “Ojalá Dios quiera y quedemos  2-1. Cuando los partidos son en el Monumental  sí asisto con mis hijos, pero en el Capwell por seguridad no suelo ir”. Ana tiene la costumbre rezarle a la virgen María antes de cada cotejo en el que intervenga Perlaza. Suele hacer promesas, confiesa.

Como buenos esmeraldeños, el plato favorito para José Luis y Ana es el encocado y ahora, como “guayacos”, disfrutan del arroz con menestra y carne  asada. Las pastas y lasagña también están incluidos en su menú de opciones predilectas.

De su esposo se refiere como una buena pareja, “bien portado”, con el que ha podido sobrellevar su matrimonio durante más de una década. Antes, cuenta,  su esposo se enojaba mucho cuando perdía los partidos y llegaba a la casa de mal genio y “nadie le podía decir nada”.

“¡Dios mío¡, venía muy enojado, ahora viene triste, mas se alegra cuando los bebés le dan un abrazo. Creo que con los años y  la madurez, ha cambiado. Uno como esposa aprende a ser prudente en todo momento”, continúa. La motivación es una de las virtudes que asegura ha mejorado con el tiempo, ese ha sido el factor en el que más le ha tocado ayudar a su pareja, puesto que tiene que lidiar con los medios y los hinchas, cuando los resultados no lo acompañan.

Justamente, a Perlaza le ha tocado estar en los últimos tres años en el que el cuadro “amarillo” ha pasado por su peor racha. “Siempre le he tratado de brindar apoyo, intento motivarlo haciéndole notar que la gente tiene  fallas y  virtudes, pero que siempre se puede mejorar, dándole así tranquilidad, ya que  todos los seres humanos tenemos errores y hay que ponerse fuerte para superarlos”.

A pesar de vivir desde el 2009 en el Puerto Principal, aún extraña Riobamba por su clima, la gente y la tranquilidad. Además, esa fue la ciudad donde procrearon a sus hijos. “Me adapto donde sea, pero los niños son los que a veces están con alergia”. Admite que tiene la misma adicción al fútbol que su esposo y por ello ve frecuentemente los programas de Fox Sports. Se declara hincha del River Plate, que bajó de categoría hace poco. “Me dio mucha pena...”.

Este episodio le hizo recordar  uno de los partidos más “sufridos” que tuvo que vivir como hincha de Barcelona y con su esposo de protagonista en la cancha.

Fue un 23 de septiembre del 2009, cuando Barcelona midió al Macará de Ambato, en un partido en que se jugaba el descenso a la serie “B”. En ese encuentro, recuerda Ana, la angustia fue tal que hasta de “rodillas” lo vio. En los minutos finales, el “Zancudo”, de cabeza, consiguió la victoria 2-1 para los “toreros”. Antes se había adelantado el ex jugador “canario” Juan Samudio.

Otro de los hobbies que tiene su esposo, aparte del fútbol, es que se ejercita en las tardes con su máquina para “fortalecer los músculos”. “Yo soy floja para los ejercicios, ¿no ve que estoy gordita? (ríe). A veces los chicos le piden: ‘vamos a jugar papi’, cuando recién llega de un partido y él les dice: ¡ay ‘mijitos’! ya jugué bastante, sin embargo hace el esfuerzo”.

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