Superman, según el ingenio de Snyder, Nolan y Goyer

22 de junio de 2013 - 00:00

El hecho de que participen David S. Goyer y Christopher Nolan le otorgan una garantía, casi a ciegas, a ‘Man of  steel (El hombre de acero)’, la más reciente película sobre Superman. Claro, sin olvidar que Zack Snyder es el director del filme, avalado por llevar al cine las historietas de Frank Miller y Alan Moore: ‘300’ y ‘Watchmen’, respectivamente.

Lo de Goyer y Nolan es ampliamente conocido por su trabajo en conjunto con la trilogía de Batman, el personaje de la editorial DC Comics que también acogen en sus páginas a Superman y Watchmen, dirigidas por Snyder.

Con este antecedente es hora de entrar en materia acerca de lo que el espectador se lleva con ‘Man of steel’. Como era de esperarse, la trama rompe el esquema tradicional, al menos el que concibieron Jerry Siegel y Joe Shuster en 1932 antes de vender a su personaje 6 años después a DC.

El espectador entra a la sala con la expectativa de que ‘El hombre de acero’ supere a la de 1978 que estuvo a cargo de Richard Donner y protagonizó Christopher Reeve, o la malograda que dirigió Brian Singer en 2005.

Entonces, la reinvención de Superman era obvia, pero para eso necesitaba una historia inteligente, que ate algunos cabos que pueden parecer absurdos (con el debido respeto a Siegel y Shuster). Y uno de ellos es que Clark Kent y Luisa Lane no se conocen en el diario El Planeta sino durante la búsqueda de respuesta acerca de su identidad que tiene el primero de estos personajes.

Eso corrige el hecho de que Luisa no distinga a Clark como Superman, siempre fue absurdo, aunque hay que reconocer que durante años eso generó una magia más bien telenovelera.

De hecho, es clave la participación de Luisa (interpretada por Amy Adams) porque parte del peso de la trama recae en ella. No es la simple e indefensa reportera que se ha descrito en los primeros cómics, series y hasta películas. Es más bien tan intrépida como sensible y eso se ajusta a la realidad de la mujer contemporánea.

Su sagacidad es la que, sin proponérselo, la conduce a Kal-El, el nombre kryptoniano de Superman, durante la reconstrucción de su identidad en una nave alienígena que ha permanecido enterrada bajo la nieve del Polo Norte durante casi 20 mil años. Él la salva de morir, ella asume que su rescatador no es terrestre, pero no sabe cómo probarlo en una historia.

Ese evento la lleva a todos los lugares donde Kal-El estuvo con nombres falsos hasta dar con su familia adoptiva en el ficticio Smallville, en Kansas. Martha Kent (Diane Lane) le confirma que el hombre a quien Luisa busca es Clark, el nombre terrenal de Kal-El y ‘álter ego’ de Superman.

Con esa información, Luisa es el único eslabón entre el rebelde general Zod (Michael Shannon) y los terrestres para que Kal-El se rinda y así evitar la destrucción de la Tierra. Incluso, hay cuidado hasta en la escena de la advertencia de Zod (que llega en distintos idiomas para romper un poquito el estereotipo, o más bien el americanismo de los superhéroes)

Más allá de ese núcleo en la cinta, Snyder y compañía recurren a los ‘flashback’ sobre el origen de Kal-El, que le dan un orden más lógico que cronológico. Con eso el espectador puede irse satisfecho de que no vio una repetición de una historia gastada sobre Superman (la del ser que fue enviado desde el destruido planeta Krypton, que es encontrado por dos granjeros, y al crecer se oculta bajo la identidad de un torpe reportero para luchar por la justicia).

Los ‘flash’ revelan a un niño Clark confundido que siempre le exige respuestas a Jonathan (Kevin Costner), su padre adoptivo. A propósito, Costner, Diane Lane y Russell Crowe (este último como Jor-El) no poseen papeles cortos, ni de relleno. Todos tienen protagonismo como Cavill, Adams y Shannon. De hecho, Crowe es un permanente guía-holograma en la trama.

Para muchos esta película carece de dosis de humor y apuesta más al drama de Kal-El y al tan de moda recurso de ‘blockbusters’ (explosiones, hasta cierto punto exageradas, al estilo ‘Los vengadores’).

Snyder, Nolan y Goyer pueden, con autoridad, hacer lo que les dé la gana con los cómics, al punto de que por primera vez Luisa sea rubia o que Perry White sea de raza negra (con Lawrence Fishburne) y a la vez no amarillista como el tradicional (más bien este White quiere evitar que se publique la historia de Superman para evitar un caos). Tiene lógica porque el antagonista es alienígena.

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