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Los lugares comunes de las elecciones

01 de marzo de 2021 00:00
Archivo/El Telégrafo
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Esta elección está entrampada en el binarismo político al igual que en el 2017: correísmo versus anticorreísmo, sin embargo, hay un matiz diferenciador que se acentuó en los últimos cuatro años. El anticorreísmo no tiene su fuente de origen en la figura de Guillermo Lasso, sino más bien, en una multiplicidad de corrientes en lo político que van desde la izquierda ambientalista representada en Yaku Pérez, pasando por el centro de Xavier Hervas, el centro a la derecha de César Montúfar hasta la izquierda que defiende el proyecto original de la Revolución Ciudadana en la figura de Gustavo Larrea.

En otras palabras, si algo ha sabido hacer el correísmo es multiplicar sus contrincantes, pero ya no una en una lógica de polarización, sino más bien en una oposición que se muestra fragmentada, de ahí su debilidad y también su fortaleza. Debilidad, porque a los opositores les cuesta ponerse de acuerdo y fortaleza, porque los opositores han crecido hasta llegar casi al 70% que no votó por Andrés Arauz. No obstante, esta situación le asegura al correísmo un voto duro con el reto de crecer, pero sin ninguna garantía de que aquello suceda. Por el lado de Lasso, la búsqueda de acuerdos con los votantes que no le apoyaron en la primera vuelta, le exige un replanteamiento de su estrategia, pues el libreto de las dos elecciones pasadas ya no sirve, y no solo por la pandemia, sino porque sus aliados no suman.

Hay varios elementos que distinguen estas elecciones de las anteriores: la pandemia global con distintos efectos nacionales, la agudización de la crisis económica que se venía arrastrando, la descomposición social y la ciberpolítica. En ese orden, la Covid 19 exige un nuevo tipo de liderazgo, pues el mesianismo al que estamos acostumbrados no aplica para una situación que exige trabajo colaborativo y una dinámica de redes para el apoyo y sostén de las personas. La solución a la crisis económica depende del éxito de la política sanitaria, pero más aún de la colaboración de las personas que se han declarado en desobediencia total, según se constata en los feriados y los fines de semana. En este escenario, uno de los mayores retos es recuperar la confianza social, porque nunca hubo tanto descrédito en quienes hacen política. Y finalmente, el proselitismo juega en dos canchas: fuera de las redes (off line) y dentro de ellas (on line).

Para el populismo que está acostumbrado a ganar en las calles, en las plazas, en los balcones y en todo espacio de concurrencia masiva, porque eso le da visibilidad y músculo electoral, el confinamiento es un reto y, más aún, si hay populismo sin candidato carismático que juega como delegado del líder, porque asume un protagonismo forzoso. Por otro lado, para los candidatos que emergieron en la pandemia y con lógicas de proselitismo virtuales, el reto es menor pues al pretender alejarse del populismo, apostaron por distintas maneras de captar la votación, sin embargo, tampoco es una condición para el éxito. Hay un grupo de candidatos que se lleva bien con las aplicaciones digitales, mientras que a otros les va pésimo.

Los lugares comunes de esta elección son las ofertas para el mantenimiento de los empleos que ya existen y la creación de otros, la vacunación universal y el combate contra la inseguridad, entre los más importantes. Estas promesas no son exclusivas de ningún candidato, porque son las demandas que la población expresa en medio de una fatiga cívica y hartazgo diario. Frente a esta realidad se requieren repuestas, ya no proclamas, eslóganes de campaña ni discursos. Las dificultades de la realidad sobrepasaron cualquier intento de realismo mágico.

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