Discursos en segunda vuelta

15 de marzo de 2021 00:00

Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), economías como la ecuatoriana tardarán más de una década en recuperarse. A un año de confinamiento en los diferentes colores de semáforo y modalidades de restricción, la realidad evidencia la gravedad de los hechos: 7 de cada 10 jóvenes están desempleados, casi 4 de cada 10 personas están en condición de pobreza (viven con menos de dos dólares al día), la inseguridad (mixtura de violencia y delincuencia) ha incrementado. Y aunque este cuadro no es exclusivo de nuestro país, sin embargo, son los temas que mayor demanda se registra en el electorado. El estómago no aguanta y el desempleo afecta también el comportamiento de las personas en su salud mental. La fórmula del coronavirus no podría ser más perversa: confinamiento en contexto de pobreza, precariedad política y vaciedad institucional en cuanto a la falta de respuestas y soluciones por parte de las funciones del Estado.

En este escenario, las preguntas que adelante se plantean a los candidatos son obvias, sin embargo, no hay claridad acerca de las respuestas en las definiciones y peor en el cómo: ¿De dónde saldrá el dinero para el pago de los servidores públicos? ¿Cómo se sostendrán los servicios básicos? ¿Cómo se reactivará la economía en todos los sectores? ¿Qué pasará con las deudas de los pequeños y medianos empresarios? ¿Se trabajará en un acuerdo entre la banca privada y el Estado para mejorar el crédito en los montos, plazos e intereses? ¿Bajo qué criterios se impulsarán acciones de solidaridad que no sean clientelismo ni medidas asistencialistas? ¿Cómo se fortalecerá la dolarización? ¿Cuáles serán las medidas para erradicar la evasión fiscal? ¿Cómo se rescatará al Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social? ¿Cuál será la política exterior en materia de comercio, relaciones globales, combate al narcotráfico, salud, cambio climático?

La complejidad de la situación pone en dificultad a los candidatos en sus discursos, pues no se atreven a sincerar la realidad con sus electores. Antes de la campaña tampoco habían contemplado la variable externa que replanteó todo: la pandemia. Nadie conoce acerca de su duración, el verdadero impacto, el alcance y las alternativas de solución. Esto significó que los políticos en todo el mundo tengan que formatear su chip (discurso, propuesta y equipo), pues escaseaban lecciones, manuales y experiencias para gobernar con coronavirus. Por tanto, si había crisis y la situación era difícil, la Covid 19 complejizó más la tarea de los aspirantes a Carondelet para ganar los votos. No obstante, el problema no solo es económico, sino de desánimo y desconfianza. La mayoría de la población ha respondido en las encuestas que su situación socioeconómica será peor este año en comparación con el anterior. Es decir, los electores no “comen cuento”, pero guardan esperanzas de que algo positivo sucederá en algún momento. Frente a ello habría que preguntarnos: ¿cuánto de la gravedad que atravesamos nos explican los políticos? O prefieren no hacerlo para sostener un techo de esperanza.

“¿Dónde está la plata?” La respuesta no está únicamente en el rastreo de dinero casa adentro y casa afuera para satisfacer las necesidades y demandas, sino de poner las cosas en orden y en establecer una actitud generosa para escuchar propuestas, incluso de quienes son adversarios. A los candidatos habría que preguntarles si han incluido en sus planes de gobierno un acuerdo nacional con una agenda mínima que esté sobre los egos de los dirigentes de sus organizaciones, cuando también la idea de posicionar a la crisis como una oportunidad para que los discursos dejen de la demagogia. En ese orden de ideas, es más fácil que aparezca la plata si nos ponemos de acuerdo como país para salir de la crisis.

La confianza es uno de los mayores valores que posibilita mejorar la calidad de la democracia, fomentar el capital social y generar las condiciones para gobernar. Esto no es un cuento, porque está comprobado en los países de alta fortaleza institucional, ciudadanía y que procuran el bienestar colectivo. Entre ellos están: Noruega, Irlanda y Suiza. Pese a las distancias que hay con nuestra realidad es el momento de iniciar por algo: aprender a vivir en democracia.

 

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