La Italia en Guayaquil

20 de marzo de 2013 - 00:00

El aporte de los hijos de Garibaldi en la construcción de la modernidad guayaquileña fue fundamental. Los italianos se especializaron en el comercio, el sector de servicios y la emergente industria local, destacándose las firmas dedicadas a la elaboración y comercialización de chocolate, galletas, fideos, confites, jabones, cerámica y lozas. La necesidad de agruparse y defender sus intereses -ya en el siglo XIX era la colonia extranjera más nutrida de la ciudad- los hizo fundar, en 1882, una entidad de apoyo mutuo, la Sociedad Italiana de Asistencia Garibaldi.

Conforme se profundizaba el proceso de acumulación originaria del capital en Guayaquil y su región, los italianos pudieron diversificarse e incursionar en otras actividades económicas, abriéndose al capital bancario. En 1919, por iniciativa del industrial Bettino Berrini y secundado por dinámicos miembros de la colonia italiana, se conformó la Sociedad La Previsora. En 1924, por su parte, se organizó el Banco Italiano –que años después se transformaría en el Banco de Guayaquil- y abrió una sucursal en Manta, atendiendo a los intereses comerciales con Manabí.

Mucho se ha hablado del aporte de los italianos en la esfera de las artes, especialmente en la arquitectura y la escultura, pero también sobresalieron en la música y la pintura. El notable crecimiento urbano arquitectónico de Guayaquil, desde la segunda década del siglo XX, tuvo el sello de las compañías italianas que realizaron proyectos de gran envergadura como la construcción del Palacio Municipal (1925) y otros que sirvieron para solucionar la demanda habitacional de las clases altas y medias, conforme la ciudad crecía longitudinalmente, hacia el sur y el oeste.

La empresa que lideró este proceso fue la Compañía Italiana de Construcciones, establecida en 1921, la cual alcanzó un rápido desarrollo, al punto que en 1932 declaró un capital en giro de 600.000 sucres. Entre sus obras más destacadas están: el Palacio Municipal, el Hospital General Luis Vernaza, el Mercado Municipal, Garages España y varias residencias particulares. Muchos de estos proyectos estuvieron liderados por el arquitecto Francesco Maccaferri. Otros reconocidos constructores italianos fueron Paolo Russo -responsable del proyecto del Hospital General, así como de las iglesias de Santo Domingo y Corazón de Jesús-, Rocco Queirolo y Luigi Fratta.

Entre los escultores italianos que dejaron huella en la ciudad, mencionamos a Augusto Faggioni, quien fue traído en 1890, para la ejecución de obras en el Cementerio Católico. Junto a él, mencionamos a Emilio Soro Lenti -colaborador de la Empresa Italiana de Construcciones- y Enrico Pacciani, cuyo legado traspasó lo meramente artístico, con una obra funeraria realmente notable, pues fue el mentalizador y fundador, junto a Antonio Bellolio, de la Escuela de Bellas Artes de Guayaquil, la que funcionaba adscrita al Colegio Vicente Rocafuerte. Además, Pacciani lideró el movimiento artístico emergente de los años treinta con la creación de la Asociación de Bellas Artes Alere Flammam, que organizó innumerables exposiciones y salones de arte. De igual forma, publicó catálogos y promovió las ideas y prácticas estéticas modernas.

Destacados pintores de origen italiano participaron en el movimiento cultural de Guayaquil, entre ellos, el citado Antonio Bellolio y Ezio Patay. En el ámbito musical, la labor del maestro Pedro Pablo Traversari fue fundamental, como primer director y profesor del Conservatorio Antonio Neumane.

La contribución de los italianos en la ciudad y provincia estaría incompleta si no recordamos su participación en el campo de la educación. La obra de los padres salesianos empezó en 1904, cuando regentaron el Colegio José Domingo Santistevan, entidad concebida para educar a “los huérfanos de familias nobles caídas en la miseria económica”, según explican Hermenegildo Aliprandi y Virgilio Martini en su “Anuario Ecuatoriano”, de 1933. Su labor pedagógica repercutió en las clases económicas medias y altas, desde los colegios Cristóbal Colón y María Auxiliadora, pero también se insertaron en barrios populares, trabajando con los sectores más necesitados.

Uno de los filones más interesantes del legado de los italianos fue la participación de algunos de sus miembros en el nacimiento de la aeronáutica ecuatoriana. En 1910, Ricardo Descalzi recogió cuotas entre los integrantes de la Sociedad Italiana de Asistencia Garibaldi para establecer un Comité Social Pro Aviación. Con el dinero recaudado, se envió a Italia al joven Cosme Renella Barbatto, para que cursara estudios de aviación, quien al cabo de tres años regresó como piloto profesional y en octubre de 1913, sobrevoló Guayaquil en un aeroplano, en lo que constituyó el primer episodio de la historia de la aviación ecuatoriana.

Luego vendría el exitoso vuelo de Elia Liut, auspiciado por el empresario guayaquileño José Abel Castillo, a bordo de “El Telégrafo 1”, cuando partió de Guayaquil, atravesó los Andes y llegó a Cuenca, el 3 de noviembre de 1920. Liut, cabe decirlo, fue el promotor de la primera Escuela Militar de Aviación que se estableció en nuestro país.

Una huella perceptible en la cotidianidad, aunque pocas veces reconocida, es el impacto de la gastronomía italiana en la dieta alimenticia local. El fenómeno habría empezado a inicios del siglo pasado con la aparición de industrias dedicadas a la elaboración de pastas, chocolates, galletas. En un catálogo de La Italia (1908), establecimiento de Vignolo Hnos., se promocionaban dulces y licores bajo el título de “biscochos italianos”, “vainilla Italia” y vino italiano. Y en la guía comercial “Anuario Ecuatoriano” se constata que en los años treinta, el 50% del mercado de licor estaba en manos de italianos. De igual manera, su presencia en los negocios de comestibles era mayoritaria, destacándose en el ramo de fideos y chocolates, con industrias emblemáticas como La Universal, La Roma y La Unión.

Los italianos de Guayaquil demostraron que su ascenso social fue posible por el esfuerzo mancomunado de una colonia solidaria y bien organizada. Construyeron espacios de sociabilidad moderna y respondieron a las necesidades de los grupos menos favorecidos. Como ejemplo de su voluntad de contribuir con el país que los acogió, destacamos el aporte del Banco Italiano, en los años veinte, cuando donó 500.000 metros cuadrados de tierra para la campaña de erradicación del paludismo. La Sociedad Italiana de Asistencia Garibaldi también ha desarrollado, a lo largo de su vida institucional, una reconocible labor social.

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