Piazzolla y sus primeros 100 años, prepárense

La oposición a su música crecía en el ambiente. Perdía batallas y ganaba otras que eran capitales.
10 de marzo de 2021 06:00

Astor Piazzolla es un hombre de palabra. Murió en Buenos Aires y de madrugada. Como lo había jurado en uno de sus temas más célebres. En una de esas composiciones en la que Horacio Ferrer, su ventrílocuo oficial, solía traducir con palabras y poesía lo que Astor decía con su música. Pero también por boca de Ferrer (“Preludio del año 3001”), avisó que Renacerá en Buenos Aires. Será en el año 3001 y aquí lo esperamos con toda su obra. Esa que se renueva cada día, como si estuviera sometida a una terapia constante de rejuvenecimiento. Como una mansalva de composiciones para mantener vigente esa revolución permanente que arrancó allá por los años 40, para desafiar parámetros estéticos, conservadurismos,  esquemas establecidos y anquilosamientos de toda índole, hasta convertirse en uno de los compositores más celebrados e interpretados del mundo. Referencia ineludible del Siglo XX en materia musical y, como si fuera poco, uno de los grandes “milagros” con los que, de tanto en tanto, sorprende esa tierra impía, al sur del Paraguay, llamada Argentina. Más que un país, una ilusión permanente.

Fue justamente a esa ilusión a la que se aferró Piazzolla para crear su música, ponerse de sombrero el tango y reinventar a Buenos Aires. Lo hizo a puro bandoneón, esa otra parte de su cuerpo, al que logró hacerle un lugar en las orquestas sinfónicas.

En 1990, cuando una trombosis lo dejó postrado hasta su muerte (4 de julio de 1992), Piazzolla ya podía jactarse de ser el artífice de esa ciudad que no era suya pero la conquistó con sus acordes, hasta reinventarla o inventarla, según como se mire. Tal vez ese pudo haber sido el motivo inconsciente de su pelea con Jorge Luis Borges (otro “milagro” de por aquí abajo), antes y después de ese trabajo conjunto que fue el larga duración “El Tango” (1965). La disputa sin saberlo por quién fue el autor de “La creación mítica de Buenos Aires”, texto paradigmático del escritor.

Por lo pronto, Piazzolla se erigió en una especie de conquistador que con sólo 16 años desembarcó en la capital porteña, observó la fauna tanquera que se entumecía en el ideario de una ciudad que comenzaba a transformarse a fuerza de influencias foráneas y golpes militares y a la que el dos por cuatro tradicional amenazaba con postrarla en el túnel del tiempo.

En esa labor se le fue la vida. Como todo conquistador fue resistido. Como todo revolucionario fue atacado y mal interpretado, pero la fuerza de sus armas –el bandoneón, como una cruz, y sus punzantes acordes como espadas al corazón- le dieron una victoria trabajosa pero contundente y perdurable. Como ocurre con las revoluciones cuando son verdaderas.

Una carrera de obstáculos

Dueño de un carácter obstinado y forjado por los obstáculos desde que lanzó su primer llanto un 11 de marzo de 1921 en Mar del Plata, Piazzolla se impuso a todo y a todos. Primero debió remontar su cojera congénita producto de una mal formación en el pie izquierdo que llevó a los médicos a un grosero error de cálculo y de percepción.

El único hijo de Assunta Minetti y Vicente Piazzolla no vino al mundo con un bandoneón bajo el brazo, pero casi. Fue a los cinco años cuando su padre le regaló uno y de inmediato lo tomó como un apéndice de su propia humanidad.

“A veces me miro al espejo y veo que mi físico adquiere forma de fuelle”, confesó una vez en la década del 90.

Su padre dividía sus preferencias tanqueras entre la voz de Gardel y la orquesta de Julio de Caro, cuando decidió dejar la Argentina para probar suerte en Nueva York. Allí llegó en busca de trabajo en 1925 con su familia. Se instaló en un inquilinato de la calle 8 de un lumpenizado Greenwich Village, donde el pequeño Astor aprendió a soportar la marginación de ser ese bicho raro que llegaba del sur y a defenderse de las agresiones constantes de los hijos de inmigrantes judíos e italianos que poblaban el barrio.

Nueva York “Hora cero”

Astor pudo haberse convertido en un modesto comerciante del barrio pagando religiosamente la cuota a il capo di tutti capi  o un ladronzuelo con destino final en Alcatraz si su padre, con un esfuerzo que consagraba su pobreza, no le hubiese regalado aquel primer bandoneón con el que el destino comenzó a narrar su biografía. Una historia que fue tal por la música que solía sonar en el Village o en Little Italy por esos días o si en 1933 no hubiese llegado a su vida Carlos Gardel, encargado de bautizarlo en la pila del tango y bañar con su voz el instrumento de Astor en una velada de amigos.

Gardel frecuentaba la humilde casa de la calle 8 seducido por los ravioles bien argentinos de los Piazzolla que después quemaba en los baños turcos de la 5ª Avenida.

Seducido por el niño que se las rebuscaba con el bandoneón, se lo llevó a trabajar en la película El día que me quieras (1934) donde interpretó a un voceador de periódicos, por el que percibió su primer y suculento cachet: 25 dólares.

Meses después Gardel intentó infructuosamente conseguir la autorización de Vicente para sumar a Astor a la gira por Centroamérica y Colombia aduciendo que “un niño tocando el fuelle es una atracción bárbara, don Vicente…”.

Astor le daría las gracias a su padre de por vida. Aquel viaje que concluyó entre llamas en la pista del Olaya Herrera de Medellín hubiese privado a la humanidad no sólo a otro  hincha de Racing, herencia directa de su amigo Gardel, sino de un genio que ya, con la timidez lógica de la pubertad, daba sus primeros pasos.

A pesar de semejante bautismo de fuego Piazzolla tenía el oído más puesto en el jazz con el que creció y en la música clásica, con la que fue dando sus primeros pasos, que en el tango. “Lo veía llorar a mi padre cada vez que escuchaba a Gardel y el tango me daba bronca…”, se sorprendería años después.

Lo que vendrá

Fue al regresar a Mar del Plata en 1937, en medio del furor de las grandes orquestas tanqueras, cuando empezó a sacudir sus dedos al ritmo del dos por cuatro. Era fanático perdido de la de Elvino Vardaro y tomaba clases con Homero Pauloni en su ciudad natal.

Pocos meses después llegó a Buenos Aires y comenzó a tocar en formaciones de poca monta como la de Francisco Lauro.

Aburrido de ese trabajo gris, mitigaba su soledad en el café Germinal de la calle Corrientes donde Aníbal Troilo, alías Pichuco, construía por esos días su propio mito. “Se sabía todo el repertorio de memoria y en esa orquesta tenía un gran amigo, el violinista Hugo Baralis. Una noche a Pichuco le faltó un bandoneón y Hugo le dijo por qué no probás al pibe”, le había confiado a este cronista su hija Diana Piazzolla, escritora fallecida en el 2009.

Pichuco decidió probarlo y lo habilitó de inmediato, convirtiéndolo así en el integrante más joven de su orquesta con 18 años recién cumplidos. Aquello era como tocar el cielo con las manos. No en vano cuando recibió la luz verde del profeta Pichuco. Festejó tocando Rapsodia en Blue ante la mirada inquisidora del resto de los músicos. Toda una primera advertencia hacía dónde pensaba llevar su carrera y de lo que sería el camino cargado de rosas y de espinas que recorrería desde ese día.

Los cinco años al lado del Bandoneón mayor de Buenos Aires (como se lo conocía a Troilo) le sirvieron a Piazzolla para aprender lo que quería y no quería ser. Reemplazó el alcohol, el escolazo (juego), las minas y las trasnochadas –paradigmas tangueros y troileanos- por clases de música diarias con el maestro Alberto Ginastera, cuando el sol recién asomaba.

Esos desvíos de los códigos tangueros no tardaron en despertar las sospechas de la mayoría de sus colegas.

Con Troilo pronto tocó techo después de convertirse en su arreglador y de hartarse de que este se los retocara porque “la gente no viene a escucharnos a nosotros, viene a bailar…”

Abandonó la orquesta para armar la suya propia que tenía como cantante a Roberto Fiorentino en 1944 y con la que comenzó a agotar su etapa de compositor convencional. Dos años más tarde formó la Orquesta de 1946 y la rivalidad con su ex jefe que establecían sus seguidores se fue  acentuando.

Aquello no impidió que al morir Pichuco en 1975 le dedicara la Suite Troileana. Ya entonces Astor innovaba con sus arreglos, aplicaba todos sus conocimientos que en él iba permeando el maestro Ginastera. Aquellas primeras grabaciones (muchas de ellas ya desaparecidas) no cuajaban en el gusto de los tangófilos pero tampoco amedrentaban su espíritu de superación.

Llegó a creer que su destino era ser director de orquesta y compositor sinfónico, planeando abjurar para siempre del tango. Por eso se presentó en 1957 al Concurso Fabien Sevitzky con su Sinfonía de Buenos Aires y obtuvo el primer premio: una beca para estudiar composición con Nadia Boulanger, una condiscípula de Maurice Ravel y considerada la mejor pedagoga musical de la época en París. Hacía allí fue con su mujer, Dedé Wolff.

“Estuve un año yendo todos los días a la casa de Nadia en la Rue Ballu (Montmartre): un día me pidió que me sentará al piano y tocara algo mío. Hice una sinfonía y me dijo: ´técnicamente es correcta pero en ella no encuentro a Piazzolla´. A mí me daba vergüenza decirle que yo hacía tango, hasta que me animé y le dije: yo toco el bandoneón y se lo demostré con Triunfal. Quedó impactada. Me dijo que ese sí era mi estilo y que no lo abandonara nunca. Por eso Boulanger para mí es como una segunda madre”, recordaba con frecuencia.

De vuelta ya en Buenos Aires, estaba convencido del camino a recorrer. El tango pero con su sello, el que captó hasta los olores de esa metamorfosis ciudadana que lo obsesionaba. Ya estaba acostumbrado “a que los taxistas lo bajaran del auto cuando lo reconocían acusándolo de traidor al tango y que le gritaran puto (marica) rengo (cojo) o loco”, recordaba Diana.

Su inmensa capacidad de trabajo era puesta a prueba día a día, lo mismo que su impaciencia. Se aburría con frecuencia de sus propios éxitos como con el Octeto electrónico del que llegó a decir en la cima del auge: “esto es música de pizzería…” Experimentaba permanentemente.

Primero con el Octeto Buenos Aires, a mediados de los años 50, en el que se animó a mezclar dos bandoneones, con una guitarra eléctrica, un bajo y un contrabajo,  como para quitarle todo el aura de solemnidad al tango que para él, “tal como se lo concebía, murió en 1955. Ahora es necesario uno nuevo que interprete el ritmo y el latir de este Buenos Aires”.

En aquel primer octeto priman los solos, y el baile parecía prohibido. El Nuevo Orden del tango contemporáneo ya era un hecho y la revolución ya no se detendría. 

La oposición a su música crecía en el ambiente. Perdía cientos de batallas y ganaba otras que eran capitales. Acumuló adeptos de a pequeños puñados en la década del 60, cuando poco a poco comenzó a fusionar ritmos y siguió alimentándose del jazz después de su paréntesis neoyorquino entre 1958 y 1961, cuando fue en busca de un reconocimiento definitivo que se le negaba en su propio país.

Aquel periplo en Nueva York fue duro y de poco trabajo. Fueron días que a su hijo Daniel le quedarían marcados a fuego, según lo confesó a este cronista en una charla en París. “Ustedes se quejan de que no tenemos para comer. Con lo que yo hago van a comer ustedes, sus hijos, sus nietos y sus tataranietos”, le advirtió a la familia, y no se equivocó. Una muestra más de que Piazzolla, así como avisó dónde desaparecería físicamente, no miente.

“En aquel momento lo que él hacía no gustaba demasiado en Estados Unidos y entonces se le ocurrió crear lo que él llamaba el tango-jazz, ahí comenzó a sobrevivir”, aseguraba Diana.

Triunfal

A su regreso formó su primer quinteto, con el que su prestigio comenzó a consumarse. Fue su asociación Ferrer la que inauguró la etapa más rica de su creación. En 1968, empeñó su casa para poner en pie junto a su nuevo socio la Operita María de Buenos Aires. Un rotundo fracaso de público pero que hoy, a la distancia, marca los límites de su trayectoria. Aquella fue la antesala de la explosión definitiva que llegaría con Balada para un loco que obtiene el segundo premio del Festival Buenos Aires en medio de un escándalo de proporciones, pero el primer lugar en el corazón de la gente. Fue traducida por lo menos a cinco idiomas.

El éxito y el reconocimiento total le llagaron primero de Europa.

Era capaz de cambiar 17 veces de avión en una semana para cumplir con todos los compromisos en el Viejo Continente sembrando partituras, música para películas –como Lumière de Jean Moreau– y cosechando elogios y aplausos, admiración y contratos. Se atrevió a demostrarles a ciertos legos que el tango no necesariamente debe ser triste y para ello se despachó con Libertango, una pieza que se puede tararear hasta en las canchas de fútbol y apta para que la jamaiquina Grace Jones la adaptara con letra y todo para bailar en discotecas. Amante de los desafíos permanentes, grabó las milongas de Borges, un disco inolvidable con Garry Mulligan, Reunión Cumbre, modificó constantemente los arreglos de su Adiós Nonino (el homenaje a su padre), se animó a cruzarse con el vibrafonista Gary Burton y a decirle no a Bernardo Bertolucci para grabar la banda sonora de El último tango en París. No obstante era él solo contra las viejas huestes tangueras.

Tal vez fue Osvaldo Pugliese, con el que llegó a tocar tardíamente en Ámsterdam en 1989 (en el que fue su último concierto), el que explicó mejor las razones de la derrota de la vieja guardia: “Lo que pasa es que Astor nos obligó a todos a ponernos a estudiar…”.

Preludio para el año 3001

Había padecido ya dos infartos y una operación, pero se negaba a aceptar la recomendación de los médicos, tal vez por aquel error primigenio de sus primeros días y por todo lo que le quedaba por hacer. El 4 de agosto de 1990 se decía cansado de viajar y de andar con octetos con aires de rock para certificar su admiración por Mike Jagger, quintetos para sorprender a su ídolo Miles Davis, bandas sonoras para mejorar películas o sextetos y orquestas sinfónicas para poner de manifiesto su grandeza y su origen.  Estaba en París metido en la composición de una ópera sobre su amigo de infancia, Gardel (cuya voz estaría a cargo de Jairo), cuando lo sorprendió la trombosis. Dos años después, luego de luchar denodadamente contra la parca, murió una madrugada en ese Buenos Aires que ya comenzaba a no ser el que había reinventado. A pesar de ese día, su música no dejó de inundar el planeta. Como lo aseguran en estas horas de celebraciones desde el guitarrista Al Di Meola al vientista Paquito D’Rivera, pasando por el violinista Gidon Kremer y el pianista Daniel Barenboim, por citar sólo algunos de los que lo homenajean en el sitio oficial de la Fundación que lleva su nombre: www.piazzolla100oficial.com.

Mientras tanto, así vamos por el mundo. Piazzoleando como se pueda. Festejando este primer siglo y preparándonos para “Lo que vendrá” todavía, que no es poco. Porque ya nos lo advirtió y Astor, ya se sabe, suele cumplir su palabra. Aunque aún falta un poco para esa “otra tarde de junio”, en el año 3001 cuando sus “inmortales compinches” volvamos a recibirlo, en lo que quede de esa, su mítica Buenos Aires, y “los dioses digan bajito: Volvió…”.

 

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