La obra de arte que crece cada vez que matan a una mujer

Esther Ferrer: “El arte lo hago para mí, pero esta obra es como un grito, una manera de protestar".
06 de marzo de 2021 10:08

Un montón de sillas dentro de una habitación podrían ser solo eso, un montón de sillas. Pero Esther Ferrer no quiere que quede ninguna duda; no le interesa la ambigüedad cuando el mensaje tiene que ser claro: por eso, en medio de las 62 sillas de su instalación en la exposición Cuando cambia el mundo: Preguntas sobre arte y feminismos, en el Centro Cultural Kirchner, en Buenos Aires, Argentina, un maniquí sostiene un cartel que explica que hay “una por cada femicidio ocurrido en 2021”. Así, 62 sillas se convierten en el espacio que deberían estar ocupando 62 mujeres que ya no están, que fueron asesinadas

“Yo hago lo que quiero”, dice la artista de 83 años desde su casa en París. Eso no es difícil de comprobar: esta mujer nacida en San Sebastián, País Vasco, en 1937, viene haciendo “lo que quiere” desde hace varias décadas. Desde los sesentas, formó parte del grupo artístico experimental e interdisciplinario ZAJ, en España, donde trabajó con los artistas Juan Hidalgo y Walter Marchetti. En sus performances, instalaciones y fotografías ahonda una y otra vez en la repetición, los cuerpos y los números.

Esta misma instalación con sillas la realizó por primera vez en Madrid, en el año 2016. Los femicidios (o “feminicidios”, como los llaman en España) son un asunto transversal que nos interpela tanto como a esa audiencia original.

“El arte lo hago para mí, pero esta obra es como un grito, una manera de protestar”, explica. En la reescritura a distancia de su obra se actualizó el dato para que corresponda con el actual registro de casos en Argentina. Pero la obra no termina ahí, la obra cobra vida porque, a medida que estos crímenes sigan sucediendo, la instalación será testigo de ello: se añadirán nuevas sillas por cada víctima.

¿Qué pasará si la habitación se llena?

-Las sillas podrían salir perfectamente de la habitación y pasearse por toda la sala donde están mis obras; todas tratan sobre el cuerpo de la mujer.

Esas otras obras son registros fotográficos de su propio rostro a lo largo de 38 años. “Las mujeres tenemos que ser un cúmulo de virtudes”, reflexiona. Con esto se refiere, sobre todo, a aquella presión por la eterna juventud. “Pues yo no soy ni guapa ni nada… y, además, ¡se me cae todo!”, exclama.

Con estos autorretratos continuados a lo largo de casi cuatro décadas, Ferrer nos pone frente al aspecto más tangible del paso del tiempo, del cual, según ella: “Lo único que sabemos es las huellas que deja”. Así, año tras año, vemos a una Esther de frente, sin retocar, seria. Poniendo lado a lado mitades de su propio rostro de distintas épocas, nos muestra las marcas de los años en acción: ojeras más pequeñas o más grandes; arrugas más imperceptibles o más profundas; cambios en su corte de pelo; una boca que se vuelve cada vez más fina.

En la enorme pared frente a los autorretratos de Esther Ferrer encontramos una serie de 26 preguntas numeradas —casi parece un examen— tituladas Preguntas feministas. Esta no es una obra que dice, sino una obra que escucha, que interpela, que quiere saber. Algunas de sus dudas son: “¿Existe todavía hoy una discriminación de la mujer artista?”, “¿Creen uds. que las y los críticos de arte son imparciales al juzgar el trabajo de las mujeres?”, “¿Por qué las mujeres artistas están de moda?”. 

Para responder las preguntas están los mismos espectadores, los visitantes del CCK: hay mesas con hojas de papel, fibrones, tijeras, chinches, cinta adhesiva y, por supuesto, alcohol en spray, para que puedan escribir sus respuestas y ponerlas en la pared. Como todo lo que hace Ferrer, esta no es una obra estática, sino que mediante la acción y la interacción es modificada por todo lo que sucede en ella y a su alrededor durante el tiempo que dure: “Yo sé cómo va a empezar una performance, pero no tengo ni idea cómo va a terminar”, asegura.

Finalmente, en la última sección de la sala de las tres que ocupa Ferrer, encontramos distintos registros de sus performances. Siempre con el paso del tiempo en mente y una impresionante visión a futuro, la artista nos presenta registros de su cuerpo desnudo (y los de otras personas) desde 1975 hasta 2013: “Había hecho Acciones corporales pensando en un día hacer esta misma acción cuando yo fuera vieja, para ver el envejecimiento de mi cuerpo a lo largo de cuarenta o cincuenta años”. Como lo destaca en su texto curatorial Andrea Giunta: “Los desnudos de mujeres mayores no son comunes, buscados, ni celebrados”.

* Tomado de El Clarín 

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