Mi suma de identidades

Perdida en cuanto a mi identidad, decidí viajar a República Checa, la patria de mi abuela.
17 de febrero de 2021 06:00

Como lo señalé en mi último artículo, podemos identificarnos a través de los objetos y experiencias que nos rodean, pero no siempre es fácil determinar precisamente nuestra identidad, sobre todo si en nuestro pasado existe una historia de migración.

Cuando yo era pequeña, durante estas fechas, y en otras festividades, solía acompañar a mi madre, franco-ecuatoriana, y a mi abuela materna, checo-alemana, a visitar a sus viejos amigos judío-europeos. Allí cantábamos, comíamos platos tradicionales de Europa Central y prendíamos velas. Cuando preguntaba en la escuela a mis compañeros si hacían lo mismo, se burlaban de mí porque, en cambio, ellos asistían a desfiles coloridos, jugaban lanzándose bombas de agua, comían fanesca o fabricaban un nacimiento… Entonces, me sentía muy diferente, y quería hacer lo mismo que ellos. En casa de mis amigos ecuatorianos, me sorprendía y deleitaba al probar los llapingachos, tan parecidos a los “bramborák” (tortillas de papa) que preparaba mi abuela, y aprendía a la vez palabras típicas quiteñas, ya que, en mi familia, se hablaba el alemán, mientras que en mi colegio se hablaba el francés y el español…

A medida que iba creciendo, iba aprendiendo cada vez más sobre las costumbres ecuatorianas, y me iba asimilando cada vez más a mi entorno, aunque nunca lo logré del todo. Al finalizar el colegio, fui a estudiar en Francia, atraída por una cultura aparentemente muy cercana. Allá, mis compañeros y profesores me preguntaban sobre las costumbres del Ecuador y esperaban ver en mí a una típica ecuatoriana.

Sin embargo, eso no era lo que quería demostrar yo. Más bien, trataba de parecerme a los franceses, y de evitar que me preguntaran cuál era mi origen. Pasé varios años viviendo allá, y nuevamente sentía que me iba asimilando más y más a mi entorno, aunque viendo mi físico y percibiendo mi ligero acento, me interrogaban si yo era árabe, gitana, latina o talvez africana…Perdida en cuanto a mi identidad, decidí viajar a República Checa, la patria de mi abuela, para ver si me sentía más identificada.

De hecho, encontré algunas similitudes: palabras, tradiciones y comidas que me recordaron mi infancia. Sin embargo, para mi sorpresa, el idioma me parecía más complicado de lo que pensaba, la comida me parecía más pesada. El carácter frío de los checos terminó convenciéndome que, definitivamente, no lograría asimilarme a esta cultura tampoco. Así que, finalmente, regresé a Ecuador y decidí quedarme aquí porque, aunque nunca seré del todo una “auténtica” quiteña, en este hermoso país nací y crecí. Y a pesar de todos sus problemas políticos, económicos y sociales, y si bien no he perdido mis vínculos con Francia y República Checa, aquí deseo quedarme.

Al fin y al cabo, mi historia es solo un ejemplo de muchas otras sobre migración. De una u otra manera, todos somos migrantes. En algún punto, nuestro tatarabuelo viajó del campo a la ciudad, de una ciudad a otra, nuestro pariente viajó a Europa o Estados-Unidos, o nosotros mismos nos hemos desplazado por algún motivo.

¿Cuál es tu historia de migración?

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