El hombre que caminaba sobre el agua

"De pronto el cielo clarea más ¿o es idea? La luminosidad se bifurca en finos hilos".
06 de marzo de 2021 06:00

¡Rema, rema! –grita el papá al novicio rebrote.

No puedo bien. Los  remos son muy grandes.

Pero, tienes que aprender; no ves yo replica el  “diestro” progenitor.

 

Todos deambulan. El parque es un montón de gente, sudorosa e hiperactiva, alguna; los demás somnolientos, recostados como bultos en el pasto. El tintineo del heladero los despierta y solo atinan a preguntar de qué sabor tiene. Las madres galopan tras sus hijos, frenéticos por el juego. El sol quema, tal vez más que nunca, aunque eso sea una exageración. Nadie sabe lo de nadie: se miran, se critican, se admiran, se vuelven a criticar. Ninguno está conforme, pero ¿para que?, ¿no es a eso a lo que se viene cada domingo al parque, a estar inconformes y hacer todo lo posible por olvidarlo? El lunes habrá tiempo para evocar.

 

De pronto el cielo como que clarea más ¿o es idea? La luminosidad se bifurca en finos hilos, que se degradan en una gama de tonos azules muy claros. No son las nubes lo que dan esa forma hoy, ni el cielo en sí; nunca se lo había visto semejante.

 

El agua de la laguna se calma y se ve cristalina. Es extraño, hace unos minutos estaba turbia y maloliente. Puede ser producto del reflejo del cielo brillante, piensan.

 

La gente al principio no lo madura. Esperan un momento, todos se quedan quietos. Es un cuadro clínico, una reacción reflejo, una de esas cuando los seres humanos se inmovilizan, tal cual esperando lo inesperado la muerte o la vida eterna o, simplemente, un hecho no planificado para ese domingo. De un sacudón reaccionan, se observan, luego solo atinan a preguntarse: ¿qué es?

 

No pasan ni unos minutos y el cielo retorna a su normalidad. El aire se perfuma, tornándose suave, muy suave… demasiado suave. La brisa los envuelve y, en cierto modo, la muchedumbre queda sedada. Se suenan la nariz y echan un escupitajo. Transitan, ya no agotados como antes, sino pausados.

 

Pasa.

 

Vuelven a preguntarse, ¿sucede esto en el resto del parque, en la ciudad? “En el país y el mundo!”, grita otro más bizarro.

 

Se piensan más altos. Miran el suelo, lejano. Este se ondula al pisar, no igual que en los temblores. Parece una alfombra coposa, debajo de la cual la esponja abundara.

 

Pasa.

 

El gentío come de todo. ¡Qué fugaz!, igual al paso de una mujer hermosa por la calle, mirada por el cristal de un automóvil.

 

Dialogan sobre el partido de fútbol que se vendrá a las seis. Otros retoman lo que estaban haciendo. Los que están por la laguna, solo están por la laguna.

Un hombre. Viste con colores que no combinan entre sí, parecen ser regalados por personas de tallas distintas y tonos disímiles. No es un mendigo, pues se lo ve limpio y no atormentado. Su rostro es sereno, su mirada distinta. Es alto. Camina lento y descalzo. Al llegar a la orilla se frena. Observa al cielo, como si lo comparara con la laguna. No torna su cabeza hacia nadie, ni nadie hacia él. Mira al frente, fijamente al agua. Eleva su pierna derecha y la acerca a la superficie, tocándola con la planta del pie. Cualquiera pensaría que está probando la calentura del agua. El heladero ve en él a un cliente y le oferta un potsicle o un sánduche helado o el vasito. Él le mira y le dice: “El agua no está fría, pruébala”.

 

De un rato a otro el hombre eleva su pierna izquierda y la junta a la derecha que estaba ya en el agua, sin hundirse. Al heladero se le derriten las piernas.

 

Da un paso y luego otro y otro, otro y uno más. Las personas ahora si lo miran. Unos se asombran, otros callan.  El escándalo de una pelea, de una mujer que sorprende al marido con otra mujer, creando una tremenda bronca, concluye de inmediato, ya que también miran hacia la laguna. Se vuelcan a esa escena corriendo. La de los caramelos grita más que nunca: “¡Chicles, chicles!”.

 

El hombre camina y camina. Alza su mano a lo alto y el sol choca con la palma y los rayos se expanden y envuelven todo su cuerpo, dando la impresión de una bóveda llena de rejas. Con un giro de su muñeca los rayos rotan como en un carrusel y la bóveda aumenta de tamaño y refulge sobre toda el agua. Solo el heladero permanece junto a la orilla.

 

Cada pisada no salpica nada de agua, ni una gota, es como caminar sobre gelatina, de esas sin sabor. A veces se anima y salta, se recuesta o se inca. Se lo ve muy feliz. La gente lo contempla de reojo. La pareja de enamorados deja de besarse por un instante, junto a una canoa solitaria, mas luego continúan haciéndolo. La muchedumbre se retira, no hay que perderse el partido a las seis en la tele. La pelea de esa pareja fue genial, se recuerdan. “Que chistoso, ese trompón en la cabeza del marido… y como le suplicaba que porqué se pone ella así…”. Que chiste.

 

La gente mira al hombre caminar sobre el agua en el camino de ida.

 

El heladero lo imita; mueve sus manos. Se baja del coche, trata de estirar el pie, acordándose de los mismos movimientos que hiciera el hombre anteriormente.

 

Tiembla… Sin querer la una pierna le sigue a la otra. Se empieza a hundir. El hombre se le ríe, y él se avergüenza. Sale a flote, quieto sobre el agua. Se da cuenta de que sí puede hacerlo; el hombre lo anima. Debe imitarlo, no hay otra alternativa. Como un guagua de meses, da sus primeros pasos, con angustia y emoción al mismo tiempo.  El hombre ya está en la otra orilla, y el heladero se aproxima caminado sobre el agua. El hombre le extiende los brazos. Llega por fin y lo abraza.

 

Ambos lanzan una carcajada. Caminan y corretean sobre el agua. Una mujer vieja grita desde la orilla: “¡Puedo ir!” “¡Vente!”, le responden a dúo. La mujer vieja y su nieta se les unen. Una muchacha de quince años, sin pensarlo, corre desde un columpio y pega un brinco, como queriendo batir una marca mundial, y cae a pocos metros del resto; no camina, salta, salta, salta. Un joven jugador de indorfútbol intenta detener el balón antes de que llegue al agua; no lo logra, se resbala por el filo y cree caer al fondo, mas cae sentado; se incorpora y lo único que hace es verse los pies y como no se hunden. La ama de casa entra al agua cantando, solo mira hacia arriba. Parece tan natural en ella.

 

Son siete.

 

Nunca vuelven a casa. No hay nada más divertido que caminar sobre el agua.