El pez pequeño se come al grande en La Mariscal

- 25 de noviembre de 2018 - 00:00
En el corazón de Quito se encuentra La Mariscal, considerada como la zona rosa por excelencia. En sus bares y restaurantes se llegan a vender hasta 700 mil litros de cervezas al mes.
Foto: Archivo / El Telégrafo

La zona rosa de mayor amplitud del país es más segura, pero aún afronta los líos por la venta de droga, que va cambiando de modalidad con el tiempo.

Las luces de los vehículos y de los letreros de neón ayudan a aplacar la noche en las ocho cuadras que conforman el corazón de La Mariscal, la zona de bares y hoteles para mochileros más grande de Quito y de Ecuador.

Ahí está el epicentro de la fiesta quiteña. En el camino la melodía de reggaetón suena estridente, mientras que un extranjero te quiere “enganchar” una noche de diversión, con tragos baratos y lo que el cliente quiera. Es la noche y todo se vale.

Aquí, en un mes se consumen fácilmente 700.000 litros de cervezas en sus restaurantes, bares y discotecas.

Hace tres décadas, la Mariscal fue concebida como la zona rosa de la capital y fue una decisión con sustento. Este barrio lo tiene todo: hermosas casas de estilo español, que pronto podían convertirse en hostales y centros de diversión.

Está ubicado a pocos minutos del centro histórico y también está muy cerca del circuito financiero y comercial de Quito, como también de las universidades más grandes, entre ellas la Central, la Católica, Politécnica y Salesiana.

Es el huevo dorado para los “inversionistas”, para aquellos que quieren cumplir la ley y también para quienes prefieren ir por la izquierda. Junto a los oficinistas, burócratas y estudiantes aparecieron los primeros “brujos”.

Juan, quien pide cuidar su nombre, nació en La Mariscal; aquí abrió sus negocios y ha sido testigo del cambio que ha vivido esta zona.

A los primeros vendedores al menudeo de droga se los podía calificar, incluso, como inofensivos. Tenían sus propias reglas, espacios, clientes frecuentes, pero siempre preferían pasar como sombras. Luego llegaron otros. Lo hicieron desde el norte del país, cuando cárteles colombianos y sus redes nacionales reclutaron a mujeres para que fueran a las calles de La Mariscal y ganaran ese mercado potencialmente millonario.

Juan reflexiona y dice que para los cárteles no era suficiente ser un eslabón. “Son capitalistas de la muerte, pero con la droga, querían tener todo el negocio”: la elaboración, entrega y venta.

Los informes de Antinarcóticos las identificaban como mujeres afroecuatorianas, entre los 18 y 40 años. Ellas cada día caminaban cubiertas con gruesas chompas por las calles Amazonas, Calama, Foch y Veintimilla.

Aunque eran grabadas en video y detenidas, muy pronto otra persona ocupaba su plaza. Eran las reinas y solo un grupo las enfrentó.

Sin que nadie lo haya previsto, una organización delictiva conformada por nigerianos y cameruneses empezaron a restar su poder en la zona rosa de la capital. Eran expertos en estafas. Aseguraban que tenían una máquina fabulosa que convertía cualquier papel en dólares y muchos cayeron en la trampa.

Ellos también empezaron a vender droga al menudeo, lo que no agradó a los colombianos y los africanos pagaron cara esa ofensa. En octubre del 2010, Julio M., a quien llamaban “El Sarco”; Luis T., apodado el “paisa”; y Bagney M., quien se hacía llamar “Camilo”, llegaron a Quito para terminar de una vez por todas con la disputa.

Los tres eran expertos pistoleros y asesinaron a cuatro nigerianos en un hostal de La Mariscal. Los que sobrevivieron escaparon y aunque los sicarios fueron detenidos, la mafia colombiana nuevamente retomó el poder.

Juan dice que luego vinieron años de aparente calma, que ocultaba un mal más peligroso: la venta al menudeo dentro de los negocios.

Los vecinos identificaron que locales de belleza, restaurantes y bares de venta de cervezas, expendían el producto. La Policía, Intendencia y varios ministerios cumplen operativos para frenar ese tipo de negocios, pero si cerraban un local, nuevamente se abría a los pocos días.

Juan cuenta que esos bares de precios bajos empezaron a asfixiar a otros que no podían competir con su estrategia. Era una paradoja de que el pequeño pez se comiera al grande. Así desaparecieron bares clásicos de Quito como el Bogarin, La Cueva del Lobo o Tapas y Vinos. Así el círculo de ganancias del narcotráfico se completó.

Ellos producen la droga, la transportan, la venden y abren negocios para lavar su dinero y colocar un disfraz para su negocio delictivo, que incluye la explotación laboral y sexual de extranjeros que buscan un sustento para sobrevivir en el país.  

En La Mariscal hay nuevos rostros y más acentos. Ya no está María, una sonriente otavaleña que ofrecía golosinas y cigarrillos. Juan la recuerda y dice que la amable vendedora tuvo que salir cuando su negocio fue tomado por otros. Ella también se quedó sin espacio.

La Policía no confirma esa mutación de venta de droga, pero tampoco la descarta.

El mayor Carlos Endara, jefe de La Mariscal, dice que las operaciones de unidades especiales son constantes para frenar el microtráfico y asegura que las acciones ejecutadas en la zona han generado un reducción en los índices de denuncias.  

Esa noticia es verdadera. La Mariscal aparece más segura que otras zonas del norte de Quito, por ejemplo Iñaquito, y existen menos delitos que en barrios del centro y sur de la capital.

Por eso implementaron acciones para dar más seguridad. Entre las más efectivas se encuentran los chats comunitarios, botones de auxilio, zonas de parque segura y sobre todo una vigilancia constante para proteger a quienes disfrutan de la noche. Esta zona es fundamental para el desarrollo de Quito. Ocho de cada 10 camas de capacidad hotelera de la ciudad están en La Mariscal.

En pocas palabras, la mayoría de turistas pasó por lo menos un día en esta zona de fiesta, que aunque es más segura todavía corre el peligro de volverse una pequeña Tijuana. (I)

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