Don Walter rescata la identidad del alfarero en Samborondón

- 03 de septiembre de 2019 - 00:00
Foto: Víctor Haz / El Telégafo

Un oficio que se le hizo costumbre. Y una costumbre que se convirtió en su pasión. Esa es la manera como define Walter Vargas León a su trabajo como alfarero; uno de los pocos, según él mismo lo cuenta, que aún perduran en el cantón Samborondón.

Su vida es casi rutinaria: de lunes a viernes abre su taller, ubicado en el centro de la cabecera cantonal, a las 08:00. Con él laboran dos ayudantes. Lo primero que hace es encender el horno: una estructura en forma de pozo semicircular de cemento en cuyo interior amontona leños para cocer el barro.

De allí se sienta frente al torno giratorio y, a puro pedal, agarra una masa de arcilla gris. A cada giro, con sus hábiles manos de la masa oscura va dando forma a una vasija o cántaro en cuestión de cinco minutos.

Sus ayudantes, mientras tanto, con sumo cuidado llevan los objetos recién formados sobre un tablero hasta el horno para que se cuezan por un tiempo determinado. “No puede pasar de 20 minutos o hasta media hora  porque después se fisuran”, explica el alfarero.  

Una vez que termina esta fase colocan todas las vasijas sobre la vereda para que se enfríen al ambiente. Ese día terminaron de elaborar cerca de 50 en solo media mañana.

Aunque ya no elabora muchas ollas y vasijas, todavía hace pequeñas cazuelas y maceteros. Estos objetos son los que sí tienen demanda, explica. Aunque para él, la alfarería prácticamente no es un sustento, sino una forma de vida.

“Es algo que aprendí de mi padre y mi abuelo, no lo dejaría por nada del mundo”. Y es que tiene una razón para pensar de esta forma.

Actualmente tiene 59 años de edad, pero el oficio lo aprendió a los 12 años y recién lo tomó como trabajo hace 35 años. Apenas hace pausa de 40 minutos, a las 12:00, para almorzar y luego regresa a su oficio hasta las 17:00 cuando cierra el taller. (I)

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