Ellas continúan allí, ejerciendo la profesión más antigua

- 16 de julio de 2019 - 00:00
Foto: Silvia Murillo / El Telégrafo

Sus cuerpos ya no son los mismos de antes, de hace tres o cuatro décadas en algunos casos, pero siguen allí, en esa esquina de donde siempre han querido retirarlas: la intersección de la avenida García Moreno con la calle 9 de Octubre, justo donde queda la estación del tren, en Milagro, Guayas.

Se han perpetuado en el tiempo con la profesión más antigua del mundo: la prostitución. Ya sus rostros no lucen lozanos y en sus cuerpos se nota la huella del paso del tiempo. Sin embargo, parece que no lo quieren reconocer, pues siguen vistiendo ropa llamativa y ajustada a sus cuerpos.

Algunas optan por arrimarse a la pared y doblar una de sus piernas contra ella, una forma de decir que están esperando clientes. Otras, para pasar el rato, se ponen a conversar con sus “colegas” o con los hombres que también trabajan por el sector vendiendo periódicos o algún otro producto.

Se ríen, ya son de confianza, no en vano han pasado gran parte de su vida en ese lugar. Son como una familia.

Su maquillaje sigue siendo igual que siempre: labios color carmín, cejas bien acentuadas en negro, y el rubor bastante cargado; usan aretes largos en unos casos, pero siempre, siempre, llevan colgando una pequeña cartera, donde guardarán el dinero que obtengan en su jornada de trabajo.

Para estar más cómodas unas prefieren usar sandalias, pero otras no dejan de lado los tacones, pues les estiliza un poco la silueta cargada de algunas libras de más. El perfume, antes se llamaba Tabú, ahora con tanta oferta, no se sabe cuál usan, pero es uno se los requisitos para ejercer su profesión.

Algunas pasaron de ser madres a convertirse en abuelas, pero algo las motiva a seguir en las calles vendiendo su cuerpo por unos cuantos dólares, quizás ya no tienen necesidad, quizás es la costumbre que se arraigó en ellas, quizás es la soledad, de la que quieren escapar en esa misma esquina de siempre. (I)

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