Joaquín recobró las fuerzas con chocolate caliente y pan

- 30 de septiembre de 2019 - 00:00
Foto: Gerónimo Altamirano / El Telégrafo

Tenía apenas $ 11 en sus bolsillos. En sus brazos una charola cargada de buñuelos y suspiros (dulces) en rosa y menta, cubiertos con chispas de colores.

Desde que se tomó un café y comió un pan en la mañana, al salir de la casa que alquila en la Martha de Roldós, no había probado bocado. Joaquín, oriundo de Valencia (Venezuela), no puede almorzar hasta que no venda todos los dulces y bocaditos de la charola. En la noche, merienda con su esposa Sandra, quien vende empanadas en otro sector.

Eran las 19:30 del viernes 20 de septiembre y aún tenía 30 unidades que ofrecer a todo aquel que transitara por la Av. 9 de Octubre, en Guayaquil.

Llegó hasta la Plaza San Francisco, donde un grupo de jubilados, desde hace dos semanas, duermen bajo una carpa como protesta en contra del IESS. Ahí vendió tres suspiros. $ 1,50 más para el canguro que llevaba sobre su cintura.

De pronto, una columna larga de personas llamó su atención. Todos querían entrar a la iglesia San Francisco, a pesar de que las puertas del templo estaban por cerrarse. Caminó unos pasos para ver lo que pasaba; puso cara de asombro. Su hambre estaba a punto de terminar.

Un grupo de religiosos y catequistas regalaban chocolate caliente y una ración de pan en la curia. “Haga fila joven para que le den el chocolate, por favor”, dijo la mujer, quien lucía un rosario colgando del cuello.

La fila era larga y con gente de todo estrato social: oficinistas, jubilados, policías, metropolitanos, mendigos, hombres, mujeres y niños. Todos querían beber el chocolate caliente y abrigar el estómago ante el clima guayaquileño que marcaba los 19 grados. Parecía que las dos ollas de gran tamaño no serían suficientes.

Veinte minutos después, Joaquín volvió a comer. Dos panes y un vaso de chocolate caliente le dieron fuerzas para seguir vendiendo sus buñuelos. (O)

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