El malecón Simón Bolívar después de una sesión solemne

- 31 de julio de 2018 - 00:00

La asistencia a la sesión solemne del Municipio de Guayaquil fue ligeramente menor a la de años anteriores. Se percibe porque llegar hasta las filas más cercanas al sitio donde estaba el alcalde Jaime Nebot, ingresando por el malecón 2000, no demandó mucho esfuerzo.

Por ahí tan solo una señora que gritaba “se pide permiso, patán” representó un obstáculo para quienes se animaban a pasar en medio del gentío.

La sesión también fue diferente. Además del burgomaestre, también hubo espacio para los discursos de otros personajes que, antaño, marcaron su distancia por distintas razones.

Termina el acto, casi a las 18:00. Para este momento, la tercera parte de los asistentes se había retirado... Algunos a sus casas, otros a agarrar puesto en el malecón Simón Bolívar para el espectáculo de fuegos artificiales que se daría aquel miércoles por la noche.

Caminar por el lado de la acera del malecón -esa de casi un metro de ancho que apenas permite la circulación peatonal en doble vía- también resulta peculiar. A la altura de la calle Colón se observa un tumulto. Era un grupo de policías que llevaba detenido a un joven por, aparentemente, robar a un transeúnte.

Los espectadores solo miraban. Nadie intercedió por aquel muchacho de tez trigueña con camiseta blanca y unos jeans raídos que sostenían su inocencia.

Más adelante, en la intersección con la av. 10 de Agosto, también se generaba un conflicto. Un par de policías metropolitanos abordaron a un vendedor de agua para decirle que no puede trabajar en la vía pública.

Por el lugar pasó el cantante Héctor Napolitano. El “viejo Napo” caminaba como cualquier ciudadano con la presea al cuello que el Cabildo le confirió tan solo dos horas atrás.

Los metropolitanos dejaron ir al vendedor con la mera advertencia. Queda la duda si la historia era otra si el “viejo Napo” no aparecía en escena. (O)

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