Cuando el club no alquila clase ni tampoco vajilla

- 07 de agosto de 2018 - 00:00

A la noche siguiente del 25 de julio, fecha en que Guayaquil celebró un año más de su fundación española, en la orilla este del río Daule (Samborondón) dos jovencitas vestidas de sevillanas bailaban alegres al ritmo de flamenco. ¡Ole, ole!

La velada, que rememoraba las celebraciones de los primeros españoles  llegados a estos indomables territorios chonos, empezó puntualmente (21:00). Claro está que en aquella época no había ningún tipo de folclor.   

El deck del club estaba repleto de mesas y sillas plásticas. Caminar por el sitio era difícil debido a la estrechez. Se asemejaba la acumulación de mobiliario al patio de comidas del centro comercial Albanborja, donde el cliente debe levantar las sillas para ir de un sitio a otro. Eran más de 300 personas de ambas orillas del río las que disfrutaban de la noche de flamenco.

Aplaudían y zapateaban con cada melodía, mientras los meseros tomaban las órdenes. “Empecemos con una de vino tinto y una de blanco”, decía uno de los presentes que compartía mesa con otras 5 personas.

El vino llegó inmediatamente y todos en la mesa pugnaban por una copa para disfrutar del primer sorbo.

“No hay copas”, explicó el mesero y las miradas, como dardos, cayeron sobre el joven, quien amablemente sugirió servirse en los “vasitos plásticos” disponibles, esos que se usan para degustar productos nuevos. Entonces los dardos se convirtieron en dagas, de ahí que el mesero, sin muchas palabras, corriera en búsqueda de seis copas y en pocos minutos las llenara.

La música alegraba el ambiente y las jóvenes vestidas de sevillanas deleitaban a los presentes con sus movimientos.

De repente, todos exigieron copas y se negaron a tomar el vino en vasos plásticos. Alguien del público aclaró que el evento, en realidad, no era del club sino de un “emprendedor” que había alquilado el local para realizar el concierto de flamenco, a propósito de las fiestas de Guayaquil.

Las mesas entonces se llenaron de todo tipo de copas, unas de agua, otras de martini, algunas de champaña y muchas de vasos plásticos. “Eso pasa cuando el club no alquila clase ni vajilla”, renegaba una señora mientras liberaba su estrés con un elegante zapateo. (O)

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