Un par de errores policiales bajo las patas de los caballos

- 01 de agosto de 2018 - 00:00

Uno. El sábado 28 de julio, en el Parque de las Diversidades, la Policía montada reprime a un grupo de personas que quieren entrar al concierto gratuito del Verano de las Artes Quito (VAQ). Cuatro caballos se pasean por la calle Teodoro Gómez de la Torre mientras sus jinetes uniformados apalean a la gente que ha salido de la fila, gente molesta porque le han impedido el paso a un espacio público que aún no se llena.

Entre los asistentes está el fotógrafo Santiago Aguirre, quien filma con su cámara algunas acciones: Tres policías hacen rugir sus motos. Los caballos rodean a un detenido, apuran el paso y sacan chispas del concreto con sus cascos. Un jinete con chaleco antibalas cae y el animal se repone antes que él, sacude las patas y escapa. El policía resalta por las mangas fluorescentes de su uniforme, se levanta y persigue al equino, lo hacen todos sus compañeros: montados, sobre ruedas, a pie.

Un par sigue golpeando a aficionados junto a las mallas y nadie explica por qué el ingreso se hizo desde esa callejuela, al oriente del parque y no en la Avenida Pedro Vicente Maldonado, a través de la pista de patinaje. Adentro, en el auditorio al aire libre cuyo aforo es para tres mil personas, ha iniciado la presentación de la banda Sal y Mileto, pero la policía —con sus patas y ruedas— aún persigue a uno de sus caballos: 600 kilos con pelaje café, un metro con setenta centímetros de alzada, las riendas sueltas, asustado. La Policía —con sus herraduras y llantas— descuida la puerta y las decenas de personas apostadas en la calle entran corriendo tras tumbar una valla.

Dos. El domingo 29 de julio, en el estadio de Liga Deportiva Universitaria, la Policía montada patrulla frente a un grupo de hinchas de Emelec que sale pese a la advertencia previa —suelta por los altavoces— de que esperen que los de blanco se alejen de las puertas. Afuera, luego de un partido que ganó la U por dos a uno, diez mil aficionados caminan, casi indiferentes a una nueva gresca entre barras y —otra vez— a esos caballos policiales, arremolinados, errantes. (O)

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