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Ecuador/Jue.16/Sep/2021

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Juan Carlos Morales

Villalba, cronista de San Antonio

18 de febrero de 2021 00:00

Desde la colina, San Antonio de Ibarra –deslizándose por las faldas del Taita Imbabura- parece un pueblo modelado por la arcilla. Aún conserva el verdor pero ya no están los árboles de nogal ni los hábiles tejedores de sombreros de paja toquilla (monseñor Leónidas Proaño, uno de sus ilustres hijos, los fabricaba de niño). Ahora la población es distinta: elegido recientemente Pueblo Mágico –una estrategia del marketing turístico que ya se aplicó en México, con buenos resultados- y su talla de madera es patrimonio cultural. Las dos designaciones, si los propios sanantonenses no se apropian, serán meras declaraciones.

Desde que en 1880, por iniciativa de prominentes clérigos de Ibarra, se crearan los efímeros talleres artísticos, hasta el entusiasmo de los hermanos Reyes, las fiestas populares y la chamiza, la maestría de los imagineros y la diversidad de sus pintores, la huella de Galecio y las propuestas artísticas incomprendidas, los artesanos y sus intentos infructuosos de encontrar un rumbo común hasta la desaparición del nogal que amparaba en la infancia, han pasado mucho agua bajo el molino.

Contar esa historia no es fácil, porque San Antonio tiene una particularidad, como es el caso de Chordeleg, en el austro dedicado a la joyería; Montecristi, famosa por los sombreros de paja toquilla que andan por el mundo o Zaruma, el pueblo más encantador del país, en medio de cafetales y minas que carcomen sus entrañas. Tenía que ser un hijo de estas tierras quien relatara sus venturas y desdichas, como es el caso de Oswaldo Villalba, quien acaba de publicar el libro Bajo la sombra del nogal.

La obra es un acercamiento a la memoria para que no triunfe la indiferencia, porque al desentrañar el pasado se hallan las pistas del futuro. Los libros son, además, esa brújula que deberían tener cada una de las ciudades del país, que se inventa cada cuatro años, pero olvidan sus orígenes.

San Antonio de Ibarra solo tiene un destino: olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades, antes de que la última imaginería sea engullida por la megaciudad que sigue dando sus pasos inclementes.

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