El Telégrafo
El Telégrafo
Ecuador/Vie.30/Jul/2021

Columnistas

Tendencias
Historias relacionadas
Mariana Velasco

Vacilante demócrata

19 de mayo de 2021 00:00

La vida es solo un arreglo temporal. Debe inquietar desconocer la puerta a traspasar: a los cielos de Dios, al infierno o al limbo; a la gloria, fama u olvido, cuando quedan cinco días para que el presidente, Lenin Moreno, entregue el poder al mandatario electo. En justo reconocer que desmanteló la mafia política que le ensalzó. Para pocos es mucho y para muchos es poco. Pudo hacer más y mejor ! Por supuesto!  La historia lo juzgará.

Recuperó la tolerancia, pluralidad y libertades, aunque el odio de ciertos sectores está extendido cuál metástasis. Recuperó la libertad de expresión, información y comunicación. A pesar de ello, se marcha sin dar valor a la palabra empeñada, sin realizar la cirugía mayor a la corrupción, con manos ensangrentadas por el secuestro y muerte de tres periodistas, por un violento y desestabilizador octubre 2019 y por el diálogo nacional ausente.

La crisis lo acompañó hasta en pensar en renunciar. Bonachón que navegó entre la cuántica y el humor; no lideró con el ejemplo. Sus mejores características: flotar y ser un vacilante demócrata. El gobierno de Moreno agravó aún más los problemas. La situación es dramática, porque en medio de la pandemia la sociedad ecuatoriana no mostró solidaridad con los más afectados ni respeto por un modelo de desarrollo más sustentable.

El nivel de impavidez del presidente de la República no le permitió ver que, aunque su período esté por concluir, hay decisiones que no podían esperar. Durante su mandato, todos los actos de corrupción  imaginables, reflejan la existencia de un castrante sistema de salud  con ministerios ‘paralelos’ y  miserias humanas revoloteando para huir del periodismo de investigación.

Si tuvo la intención de reconstruir el país y colocarlo en una mejor posición económica… lo perdió en el camino por lento e indeciso. Durante los cuarenta y ochos meses de su gestión, no mostró interés por construir una política pública para garantizar y proteger el trabajo de los periodistas, accionar sin nombre que mostró a Ecuador una forma desconocida de violencia confusa en Colombia. Esas prácticas, nunca más deben repetirse.

El secuestro y muerte violan derechos humanos, provocan dolor a familiares, colegas y amigos, generan incertidumbre ciudadana al poner contra las cuerdas a un país y gobierno que no estaban preparados para situaciones en crisis. Acciones de violencia contra periodistas y medios de comunicación constituyen una de las formas de censura más extrema.

Desde el periodismo analizamos sobre la posición en que nos coloca como seres humanos. Cómo la profesión nos interpela todo el tiempo, porque el mejor periodista duda y busca resolver esa duda a través de la investigación y eso también significa que al ejercer la profesión, nos expone como personas. 

Sin duda, el periodismo, es una experiencia comunitaria atravesado por la ética que sobrepasa a decir la verdad porque implica comprender la dimensión de lo que hacemos, su importancia y la responsabilidad que nos endilga.

Permanecen frescas las declaraciones de autoridades nacionales al hacer referencia a que a los periodistas de El Comercio se les advirtió del peligro que corrían en la zona de Mataje, provincia de Esmeraldas, poniendo en evidencia que ese lugar ya no estaba en control de las autoridades ecuatorianas. Las advertencias no están en el ADN de la profesión. Se escucha, se toman precauciones … hay que ir. Venga de grupos irregulares o del Estado, ni ayer ni hoy, detendrán la verdad.

Fue trágico traspié para el gobierno, transcurridos tres años, la información aún es clasificada. No hubo defensa a la soberanía, el sistema de inteligencia no funcionó, tampoco mensajes claros, ni posiciones firmes. Desde la tribulación aprendimos a dormir con un ojo abierto ante todo lo que se vive en esos 586 kilómetros que recorren de este a oeste en la frontera norte. Qué lo ocurrido en el vecino del norte no sea el presagio o el vaticinio de un posconflicto colombiano.

Estadista no fue. Evitó el escrutinio de la prensa y optó por delegar en figuras políticas de su gabinete el careo frente a los ciudadanos de las decisiones más difíciles. Su ministra de Gobierno, María Paula Romo, puso el cuerpo a las balas. El, a duras penas intentó contener las crisis más que tomar decisiones, mientras el periodismo serio y comprometido, apostó a que las soluciones pasen de forma indubitable por el respeto a la institucionalidad y a las reglas del juego democrático.

Sale arropado por una costosa nube de propaganda en búsqueda de indulgencia de un pueblo tolerante, humilde y estoico. Nunca alcanzan las buenas intenciones … cuando un pueblo muere de hambre y tiene sed de justicia. Saludamos la alternancia.

Contenido externo patrocinado