La Unasur ha perdido el norte

- 08 de julio de 2018 - 00:00

Acostumbrados los quiteños al árido paisaje de San Antonio de Pichincha, con los emblemáticos cerros de La Marca como fondo y el monumento a la Mitad del Mundo en primer plano, la construcción del imponente edificio de la Unasur delante del complejo turístico más visitado de la capital naturalmente dio mucho de qué hablar.

Para los gustos tradicionalistas, el edificio era una mole espantosa, desproporcionada y desangelada, que rompía con la armonía del entorno. Para los más progresistas –entre los cuales, al menos en términos arquitectónicos, pretendo contarme– la construcción era una bocanada de aire fresco en el diseño nacional, con líneas limpias, volúmenes equilibrados, materiales modernos. No en vano su autor, Diego Guayasamín, mereció una mención especial de la prestigiosa plataforma Architizer A+ Awards en 2015 y algunos otros premios internacionales.

En una sociedad polarizada como la nuestra, el debate estético terminó teñido de sombras ideológicas, como todo lo demás. Muchos veían al edificio como el símbolo de la desmesura de un régimen derrochador, de ínfulas faraónicas y desprecio de lo austero; algo totalmente ajeno al Sumak Kawsay que pregonaba. El propio Gobierno, en cambio, lo promocionaba como el templo de una nueva diplomacia multilateral suramericana, sin injerencias imperialistas, en que el diálogo entre iguales permitiría reivindicar una soberanía hasta el momento humillada; el nombre que se le dio (Néstor Kirchner) trasuntaba ese extremo.

Hoy, el edificio está abandonado, la Unasur ha perdido el norte (amén de varios de sus miembros) y el Gobierno ecuatoriano ha anunciado su intención de revocar la donación hecha otrora, para que la organización regional ocupe algún edificio más modesto.

Sic transit gloria mundi. La gloria del mundo es pasajera. Y el lema, materializado en un inmueble, nos enseña que la historia siempre se repite, que las relaciones entre los hombres y entre los pueblos tiene sus ciclos. Pero, sobre todo, que el poder es transitorio y que debe ser ejercido con permanente convicción de precariedad. (O)

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