Una historia de traición

- 14 de junio de 2018 - 00:00

El 24 de enero de 1980 ha sido un jueves. Ese día viajé por primera vez a la Nicaragua sandinista. La revolución que tumbó a Anastasio Somoza llevaba exactos 6 meses y 5 días. Eran mis años jóvenes, y nosotros, extranjeros que defendíamos y apoyábamos la Revolución, tuvimos bastante contacto con varios de los integrantes del Gobierno. Unos más expansivos, otros menos.

Daniel Ortega me parecía un hombre cerrado, de mirada desconfiada, que me conmovió una única vez, en 1986, cuando me habló de su hermano Camilo, muerto en combate con las fuerzas del dictador Anastasio Somoza, y contó que de los 15 a los 34 años él jamás tuvo casa: vivió en la clandestinidad. Al oírlo, verlo contar que había vivido clandestino más de la mitad de su vida hasta el triunfo de la Revolución, por primera y única vez sentí algo de humano en aquella figura de piedra.

A mediados de 1991 me contaron por primera vez de la “piñata sandinista”, un saqueo generalizado, con ferocidad de buitres. La imagen de la “piñata”, un juego infantil, quedó grabada en mi memoria como un insulto a la Revolución, a los que murieron por ella, a los que creyeron en ella.

Dudé mucho en aceptar como verdad lo que verdad era.

Años después, supe más: que, en realidad, la “piñata” había ocurrido antes, cuando la Revolución todavía existía y los nicaragüenses mantenían aquel fuego de esperanza mientras su país era sofocado por Ronald Reagan desde afuera y los traidores desde adentro.

El Daniel de ahora encabeza una nueva dinastía, la dinastía de una pareja, que mata y trucida a jóvenes estudiantes como lo era su hermano Camilo cuando fue asesinado por la dinastía anterior, la de los Somoza. Desde abril, jóvenes nicaragüenses, todos o casi todos nacidos después del final de aquella Revolución que dejó de serlo, son muertos por un gobierno aislado y que carece de cualquier vestigio de legitimidad.

Un traidor es y siempre será un traidor. Pero hay traidores de peor calaña. José Daniel Ortega Saavedra pertenece, con méritos, a esa especie. (O)