Táctica anticorrupción

- 26 de enero de 2018 - 00:00

Una proporción de los lectores de este editorial habrán pagado una coima o cometido un acto de corrupción alguna vez: quizás con un agente de tránsito, algún tramitador o quizás algo más severo.

A estas personas quisiera pedirles un favor imaginario: recuerden por un momento los detalles, ambiente y contexto de la conversación que tuvieron que pasar para obtener el favor. Una vez que lo recuerden, quiero que se imaginen qué tan cómoda hubiese sido la transacción si el oficial o burócrata hubiese sido una mujer. ¿Creen que las cosas hubiesen tenido el mismo resultado?

Los actos de corrupción son más recurrentes en sociedades donde la mujer tiene menos espacios de poder. Esto, obviamente, no se debe a que la mujer tiene una diferencia natural o biológica a su favor. Se debe a factores institucionales e históricos que han hecho que el hombre domine espacios de poder, sobre todo el político; y es este ambiente en donde la corrupción ha obtenido un carácter estructural.

La concentración de poder genera corrupción. Una persona que se acostumbra a administrar bienes públicos por mucho tiempo y sin control, empieza a creer que siempre tiene la razón. Su círculo de confort se vuelve un mecanismo de inmunidad donde pierde criterio para entender lo que a veces, para un ciudadano común y corriente, es obvio. El problema se agrava cuando esta persona pierde la noción sobre la ética y empieza a autojustificar actos ilegales con fines personales. La salida es simple: se necesita desconcentrar y alternar el poder.

Incrementar categóricamente la presencia de la mujer en espacios de poder descolocará a las personas acostumbradas a cometer actos de corrupción. Esto no va a solucionar el problema (por eso es una táctica, no una estrategia), tampoco estoy sugiriendo olvidar lo que está pasando: hay que castigar urgentemente a quien quiere naturalizar o minimizar actos de corrupción.

Sin embargo, también hace falta tomar decisiones que permitan que los sistemas políticos ataquen el problema con eficacia: debemos darle más poder a la mujer en espacios directivos: técnicos y políticos. No solo es justo, es también necesario. (O)

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