Mariana Velasco

Silencio incómodo

23 de diciembre de 2020 00:00

Un silencio incómodo que la mayoría de las personas no habrían notado. Sin embargo, crecí en una familia que sufrió pérdidas y sabía lo que me contaría: una historia triste, una tragedia. La de su familia era esta: había otro hijo, que había muerto en un accidente automovilístico. La pérdida de un ser querido puede complicar las matemáticas familiares.

“Nunca sé cómo responder esa pregunta”, dijo compungido. “¿Digo sí o no? ¿Digo que tengo dos hijos o que tuve tres?” Hay padres que suelen tener problema con ese tipo de conteos y que se sienten conflictuados haciendo cálculos, tratando de darles sentido a los números.

‘Están tú y Juan pero también estaba Marcos. Aunque ya no esté con nosotros, existió. Debo contarlo, ¿no?” El tío no solo lo contaba, siguió obsesionado con su amor-dolor toda la vida.

Cuando el último de los ocho hermanos hablaba de su familia, siempre veía a tres hijos. Quería que todos se imaginaran a los tres como buscando demostrar que hay explicaciones imperfectas que provocan lo que parece compasión inmerecida, lo cual incomoda al intentar aclarar confusiones. Por supuesto, hay quienes sin ser Pitágoras, tienen su propia manera de practicar las matemáticas de la familia.

Aún permanece un retrato de tres niños frente al piano de la sala, aunque hoy los dos, son hombres en el cuarto y quinto escalón de la vida y aunque nadie lo verbaliza, todos vemos al tercero bajo la sombra de ellos; con frecuencia imaginamos el sonido de su voz, cómo sería físicamente ahora o cómo habría sido su familia, porque su ausencia es una presencia constante.

Después de todos estos años, se llega a comprender que los detalles de los números y las sumas no tienen sentido. No se trata de si son cuatro o cinco, si se cuenta al hijo fallecido o no. Todos cuentan, sin importar cuánto tiempo estuvieron aquí o qué tan bien los conocimos antes de que se fueran o cómo y por qué nos dejaron.

Las sombras que dejan, los vacíos que sentimos, los silencios… todo cuenta. Son tan importantes como los que se quedan, como aquellos niños pequeños que estuvieron frente a nosotros aquel día de su Primera Comunión hace más de cuatro décadas.

Este año, con la pandemia a cuestas y la sensibilidad a flor de piel, tras decretar un período de quietud para el mundo entero, ayudó a razonar sobre el valor de la vida y sobre todo comprender que la oración correcta nunca sea de súplica, sino de gratitud. Este es el momento de superar todo aquello que nos duele para que el próximo año no falten sueños por los cuales luchar, un lugar a dónde ir y a alguien a quien amar.

Esta Navidad, desde la intimidad familiar y entre platos, enviaremos a todos los nuestros, aquí y allá, mensajes de afecto y cariño al tiempo de agradecer por la familia, salud, trabajo, amigos y esta vida… sin números. Por el bien de todos, nuestras prioridades deben bajar al primer peldaño y permitir que reinen la hermandad, solidaridad y paz.

 

 

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