¿Otra vez seremos convidados de piedra?

- 28 de marzo de 2018 - 00:00

Aquello que ocurre en el norte de Esmeraldas (es tiempo de focalizar causas y efectos) no debería gestionarse como folletín criminológico o con análisis situacionales que desprecian temas como territorialidad y derecho ancestral, antropología histórica de pueblos cruzados por la raya (frontera interestatal), existencia de vidas (procesos ontológicos) comunitarias de ambos lados de esa raya, sociología de las empobrecidas comunidades negras e indígenas del lugar y perturbaciones económicas ocasionadas por el monocultivo de la palma aceitera y la minería descontrolada (¿ausencia política o complicidad estatal?).

Otro error: se cree que allá, en las alturas, se las saben completas y que no hace falta mantener buenos niveles de comunicación con las comunidades y renovar la gobernabilidad local.

Un nombre para lo anterior: inteligencia territorial, social y cultural. Las inteligencias militar y policial cumplen su rol, pero solo es preventivo y ofensivo en áreas bélicas y represivas de delitos. Si alguien se guía por el torrente informativo al final se engaña, los efectos destructivos y trágicos de estos meses es el progreso acumulativo de aquello que ahora se cree es lo correcto: control apresurado y mediático de daños, y nada más. No hay políticas públicas en ejecución en el norte de Esmeraldas. Por Dios, ninguna.

El “narcotráfico”, la “narcoguerrilla” o la “mafia del narcotráfico” (hay un menú de nombretes al gusto) sustituyen con algo que no provee el Estado ecuatoriano: condiciones para el empleo. Hay una economía sumergida en esos cantones norteños, secreto a gritos.

“Seguramente que los otros pueden estar viendo lo que nos afecta y nos daña, desde su orilla -basta leer los periódicos-, pero desde la orilla de las comunidades de origen africano, lo que nos afecta tiene que ser dicho como nosotros lo sentimos y narrado como nosotros lo vemos”, este breve análisis es del Abuelo Zenón, tan actual a pesar de las muchas décadas. (O)