Roma de Cuarón

- 21 de diciembre de 2018 - 00:00

Premiada con un León de Oro en el Festival de Venecia de este año, esta película, con gran calidad fotográfica, juega con diversos símbolos mientras nos traslada a una historia de mujeres en el México de los setenta del siglo veinte.

La cámara recorre, con sobriedad artística, la casa de una familia mexicana acomodada, en el barrio Roma de la ciudad de México, donde vivió su infancia el propio Cuarón. Lo hace exclusivamente en blanco y negro, mientras el sonido nos sorprende evocando a veces otras imágenes e incluso diálogos en mixteco, xastellano y hasta inglés. Muestra así un mundo intercultural con sus asimetrías de poder.

En la casa conviven mujeres abandonadas por los padres de sus hijos: la señora de clase media alta y la empleada doméstica, separadas por la clase social y la diferencia de culturas, y unidas por el cariño y la solidaridad. La película muestra estas solidaridades entre mujeres de diferentes generaciones y estratos sociales, ante la indiferencia y el abandono masculino.

Los hombres, en cambio, están ausentes, se desentienden de sus hijos. “Digan lo que te digan, las mujeres siempre estamos solas”, le dice la señora de la casa a su empleada cuando pierde su bebé, en ausencia del padre. Esta empleada es Cleo, una india mixteca que, sin duda, desarrolla la mejor actuación en la película, una actuación basada en el silencio, en el rostro.

La película es una joya en términos visuales; para muchos, es la mejor de Cuarón hasta la fecha, y se predice que varias de sus escenas pasarán a la historia del cine. Nos traslada, sin que apenas lo advirtamos, a esta cotidianidad presente en las casas, las calles, los cines y hospitales de la época, mediante una excelente escenografía. 

Parcialmente autobiográfica, la película nos lleva a reflexionar cuánto ha cambiado y cuánto se ha mantenido hoy del modelo patriarcal que asigna el cuidado de los hijos exclusivamente a las mujeres. (O)

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