“El huevo rojo” y los Acuerdos de Múnich

- 14 de agosto de 2018 - 00:00

La pintura “El huevo rojo” (1940-1941), de Oskar Kokoschka, es uno de sus cuadros más famosos, no solo porque es una gran obra en su género (ejemplo del expresionismo en su más alto nivel), sino también porque es una realización alegórica cargada de simbolismo acerca de los Acuerdos de Múnich y sus posteriores efectos.

Hace poco menos de 80 años, los representantes de Alemania, Italia, Francia y Gran Bretaña se reunieron en Múnich, en uno de los tantos preludios a la Segunda Guerra Mundial. El objetivo era solucionar la así llamada “Crisis de los Sudetes”, por la que, en último término, Alemania ocuparía ese territorio perteneciente a la entonces Checoslovaquia. Ningún representante de ese país estuvo presente en las reuniones. “Acerca de nosotros, sin nosotros y contra nosotros”, dirían en Praga.

La supuesta paz que Francia y Gran Bretaña habían querido garantizar no impidió que Alemania ocupara después el resto de la antigua Checoslovaquia.

Kokoschka, uno de los grandes pintores del siglo XX, en su cuadro, pintó a Hitler y a Mussolini, a la derecha y a la izquierda de una mesa servida en donde se ubica un huevo rojo, cerca del cual hay dos ratas y del que una gallina desplumada y apuñalada por la espalda (alegoría de Checoslovaquia) apenas ha escapado. Al fondo, Praga arde en llamas. Debajo de la mesa se puede ver a un apacible gato (que en la pintura simboliza a Francia) –que al firmar los Acuerdos de Múnich estaba incumpliendo un pacto expreso con Checoslovaquia–, y, a un costado de ella, a un león coronado y con su cola representando el signo de la libra esterlina (claro simbolismo de Gran Bretaña).

El pintor austríaco dejaba así una huella pictórica de un período funesto. Lo haría, además, en medio de un ambiente nada propicio –por razones bien conocidas– para este tipo de manifestaciones y representaciones. En una época en donde la propaganda buscaba desplazar al arte y, en ciertos casos, desacreditarlo, Oskar Kokoschka denunciaría, no solamente a las potencias del eje, Italia y Alemania, culpables directas del ascenso del fascismo, sino también a Francia y Gran Bretaña, por su mutismo y complacencia. Tendrían que pasar muchos años después de la finalización de la guerra para que el cuadro de Kokoschka ocupara su merecido lugar en la historia.

Hoy recordamos que ese momento dio lugar, de modo casi definitivo, por acción o por omisión, a la peor guerra que jamás haya existido. (O)