Apagar el televisor

- 23 de agosto de 2018 - 00:00

Soy de la época de la televisión. Conforme se instalaban las repetidoras a lo largo y ancho del país, nuestra generación desarrolló el hábito, incluso el ritual, de ver los noticieros, sobre todo los clásicos de la noche y las entrevistas realizadas por periodistas polémicos, formados en la práctica de ese género.

Los entrevistadores, aunque algunos sesgados, destacaban porque elaboraban la cuestión a partir de datos correspondientes a la realidad. A eso llamaban periodismo “objetivo”, definición que corresponde más bien al concepto de periodismo veraz, puesto que, como sabemos, no es posible la objetividad.

Conocemos bien que, históricamente, la mayoría de los medios de comunicación no solo han sido funcionales a los poderes fácticos, sino que, además, constituyen un poder en sí mismo, puesto que todo el que tiene un lugar ventajoso para expresarse, predomina. Yo he practicado el periodismo y lo reconozco.

Sin embargo, podría decirse que hubo un tiempo en el que los programas informativos de opinión o análisis se enmarcaban en los cánones de la nueva disciplina de la comunicación, y como consecuencia, mal o bien, los periodistas cumplían un rol importante, que reflejaba cierta consciencia de que la televisión constituía un “medio” social. Salvando los errores de omisión, se destacaron dentro de esa corriente, incluso llegaron a ser una especie de movimiento, un grupo, cuyo referente notable fue Polo Barriga.

El periodismo televisivo nacional, que se reconocía como mediador de la comunicación social, motivador de la reflexión, el análisis y la crítica, no existe más. Puede ser que tal afirmación sea injusta por ser absoluta, pero no hay otra forma de exponer la crisis profunda que viven los medios de comunicación tradicionales, cuya función parece ser -ahora- transmitir emoción y violencia, para posicionar la idea de que todos los humanos somos una sarta de asesinos y violadores, cadáveres de una vieja comunidad, habitantes del infierno, quienes ignoran que la humanidad está muerta.

Extraño cierta televisión informativa y cuestionadora, puesto que la prefiero antes que a la avalancha de twitters, cuya velocidad, cuando se mueve de posta en posta, me marea y provoca náuseas.

Aquella noche, hace un par de semanas, me pellizqué, apagué el televisor y me dispuse a entrar en reposo, esperando que me avisen cuando haya nuevamente ¡no – ti – cie – ros! (O)