Parece un país unitario

- 20 de junio de 2018 - 00:00

Salvo a la clase política de Esmeraldas (no esmeraldeña, por favor) al resto del vecindario nos preocupa el destino incierto del puerto de Esmeraldas. La otra vez mirábamos por su cercado perimetral y soltamos la broma cruel: “Lindas instalaciones para espectros de los siete mares”.

Carcajadas y brusca interrupción, fue un chiste desabrido. Mañana sin actividad en los muelles, patio de camiones para el bostezo, estibadores sin oficio y el tic tac de una cuenta regresiva para lo que sea que ocurra con el puerto. El promedio de 36,7 mil toneladas métricas de carga mensual movida no paga su gasto operacional y ni siquiera el periodismo mejor informado sabe de planes estratégicos de superación de crisis. ¿Habrá alguno o todo se lo cargan al discurso de la crisis?

La importancia portuaria de Esmeraldas es tan antigua como su nombre, hagan mesas de espiritistas y pregúntenle a Pedro Vicente Maldonado, por ejemplo. O las rebeliones populares por puerto y universidad, en los años 70 del siglo pasado. Hay un estorbo histórico para nuestras actividades productivas, a veces las ganamos a pulso y en otras nos derrotan. Parece un país unitario, pero son 24 provincias y cuatro o cinco aristocracias del poder político y del dinero de Quito y Guayaquil con sus leyes divinas de los negocios propios.

Si no, ¿cómo es que al puerto de Esmeraldas no le corresponde el sector productivo de la zona centro norte del país? Hay un chorro de ventajas. Algunas: cercanía a las áreas de producción, eso baja los costos de transporte; fácil acceso marítimo y salida rápida de los cargueros (la vía oceánica está ahí mismo); breve tiempo de salida del producto al mercado internacional (ningún turno absurdo de espera) y total seguridad de traslado terrestre.

¿Para qué dejársela fácil si la casta de allá gana con las dificultades de acá? Una de las principales dificultades: tasa portuaria inflexible, por mandato de un reglamento extravagante aprobado por no sé quién (¡puro surrealismo!). (O)