Para nosotros

- 10 de agosto de 2020 - 00:00

Al estar -todos- viviendo uno de esos rarísimos momentos terrenales gracias a la coVID-19 (por ejemplo, atravesar un feriado “en medio de” la pandemia; de paso: aún no podemos aseverar que la batalla está ganada; creo que por tal razón sigo temiendo cuando soy testigo de aquellas almitas que se obstinan en abrazarse y guardar “la cercanía”, como si ya “todo fue superado”), considero necesario y oportuno dirigirme a mí persona y a ustedes:

Insisto: lo que teníamos antes del nuevo coronavirus no era “vida normal”, donde normal es sinónimo de solidaridad, de respeto permanente hacia el otro, y donde la arrogancia y el egoísmo eran los antivalores ¡Era todo lo contrario! De ahí que, sigo sosteniendo que a esa forma de vida “normal” no debemos volver, jamás. Pero, avanzando en la reflexión, y dejando en claro que estoy ubicado bajo el contexto de creyente, pensando en voz alta y dirigiéndome a “mis pares”, los seres humanos, en específico a quienes también son creyentes: ¿Este “bicho” llamado SARS-CoV-2, nos ha ayudado a ser mejores seres humanos, o, por el contrario, a encerrarnos más en nuestro “yoísmo” y a nublar más nuestra alma? Suponga dos escenarios: a) cuenta con más de un empleo, y con una u otra comodidad: ¿Ha hecho el bien que estaba en capacidad de hacerlo (compartir “de lo que tiene”, y no de “lo que le sobra”), más si aquel(la) no tiene cómo devolverle ese desprendimiento?; b) goza de “alta o altísima” posición económica: frente a aquel(la) que forma parte de titulares de prensa por no tener recursos para estudiar, está sumergido en los vicios, no tiene empleo digno, o vive en la indigencia, ¿Ha pasado “cantando”?

Hay que ver que este coronavirus es capaz de disminuir y pisotear a la conducta arrogante. Es más, esta entidad microscópica se torna de dimensiones descomunales frente a cualquier fortuna amasada. Y aun así por qué seguimos “dando la espalda”… (O)

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