Obama y la desmemoria

- 25 de marzo de 2016 - 00:00

Barack Obama me produce una profunda disonancia cognitiva. Es un presidente brillante, elegante, elocuente. Más aún cuando el punto de comparación más cercano son ocho años de George Bush. Es un presidente que ha entendido el juego, y ha aprovechado cada espacio para mover, si acaso un par de centímetros, el glaciar político que es el statu quo, el famoso establishment, americano. Lo ha hecho a pesar de enfrentarse a una oposición legislativa (que llevó al ‘cierre del Gobierno’ por una falta de acuerdo sobre el presupuesto en 2013) y mediática (que no ha dudado en utilizar su raza para denigrarlo, tanto en lo personal como en lo político) intransigente. Y lo ha logrado utilizando una mezcla de astucia política y, lo que es aún más interesante, aprovechando la transformación de la política en entretenimiento. Obama es un showman político. Es un gran showman político. Como showman es cautivador. El poder de las palabras de su discurso son equiparadas únicamente por la elocuencia de su ejecución. Basta ver esa desgarradora rueda de prensa después de la tragedia en una universidad en Oregon, donde Chris Harper Mercer, de 26 años, disparó contra estudiantes y profesores. O, el opuesto, su participación en programas de comedia, que en toda lógica es lo último que quiere un político, un espacio donde se pueden burlar de él. Pero Obama ha logrado conquistar estos espacios también, sin despojarse de la distinción del cargo, pero lo suficientemente vulnerable para viralizarse y ganar simpatizantes.

Pero esta mezcla emocional de espectáculo y política esconde el otro lado de Obama. Entra la disonancia cognitiva. Porque el Obama-demócrata, el Obama-filósofo, también es el Obama que ha prometido públicamente cerrar Guantánamo en 10 ocasiones desde 2007, pero en este punto es evidente que no tiene la predisposición política de hacerlo. También es el presidente que ordenó las operaciones en Siria. Es el presidente, premio Nobel de la Paz, en cuyo gobierno se bombardeó a otro premio Nobel de la Paz, un hospital de Médicos sin Fronteras en Kunduz, Afganistán. Es el presidente de los drones en Medio Oriente. Es el presidente defendiendo a la NSA. Y este complejo personaje, que dicta la política internacional del país más poderoso del mundo, es el mismo que visitó Cuba y Argentina. Llegó con un discurso conciliador, como suelen ser sus discursos, pero que no trascendieron ese dejo de superioridad neocolonial. Es decir, al final de su mandato, el presidente Obama lleva sus consejos al patio trasero de Estados Unidos. En sí, los consejos no son malos ni impertinentes. Nuestro propio presidente ha llevado lecciones a Europa. El problema de estos consejos, los de Obama, es que tratan de borrar la historia. Es un fin de la historia, pero sin la presunción de usarlo como título.

Cuando llegó a Cuba dijo que buscaba trascender la política de la Guerra Fría. Se refirió al bloqueo como una medida que ha lastimado al pueblo cubano. Pero su solución al futuro es olvidar la historia. Es decir, salir adelante era función del emprendimiento, pero este desarrollo era función tanto de un mercado liberal y de la venia de Estados Unidos para que Cuba participe de este. La solución nunca viene de adentro, del propio modelo cubano (lo que implica que su fracaso es solo una función de sus propias limitaciones). Luego llegó a Argentina donde sugirió que no se debía votar ni por izquierdas ni por derechas, sino por lo que dé resultado. En la superficie suena lógico. Pero lo que quiere decir es que la única manera de progresar es acoplándose a un modelo hegemónico, donde lo que ‘da resultados’ es en función del individuo. Es decir, sugirió que nos olvidemos de nuestro pasado tumultuoso y le demos la bienvenida al capitalismo norteamericano. (O)