Nuestras fallas

- 20 de junio de 2018 - 00:00

Nuestras fallas, nuestra preferencia por una política basada en la más lapidaria, sesgada e incongruente moral religiosa, son evidencia de la comodidad de no sentir empatía por nadie. Son la muestra de un entendimiento nada sólido de las realidades. Los mismos que temen a los anticonceptivos, prefieren la abstinencia como educación sexual.

Los mismos que critican el acceso a anticonceptivos, critican el aborto. De paso, son los mismos que se espantan con el matrimonio gay, se aterran que ese matrimonio luego pueda adoptar, y ven señales apocalípticas cuando se reconocen los dos apellidos de las madres de Satya. Fallamos en toda la cadena. Y nuestras fallas son mortales.

Esas posiciones serían inofensivas si no afectaran áreas más amplias y complejas de la política pública. La evidencia científica sobre la importancia de una educación sexual plena, con información sobre la eficacia, uso, y variedad de anticonceptivos, complementada con el acceso a estos métodos anticonceptivos, ha demostrado el efecto positivo que tiene para reducir embarazos adolescentes y las enfermedades sexualmente trasmitidas.

Incluso se ha demostrado su capacidad de empoderar a jóvenes normalmente en situaciones de vulnerabilidad. Los retrocesos del Plan Familia no fueron solo pérdidas políticas para quienes lo rechazamos, o victorias morales para quienes lo apoyaron, sino que pusieron en riesgo a otra generación más.

Nuestra legislación sobre el aborto y los debates legislativos que se han dado sobre el tema están plagados de la misma moralidad. Una moralidad que fue, primero, una amenaza desde el Ejecutivo (“si se despenaliza el aborto [...], presentaré mi renuncia al cargo”), y luego acompañada por la complicidad de su bancada. Una moralidad que terminó por endurecer y ampliar las penas relacionadas al aborto, cuando, una vez más, la evidencia científica demuestra que, cuando el aborto es penado, las mujeres abortan en la clandestinidad, poniendo en riesgo sus vidas. Y mientras se utilizan parodias de la realidad para sostener estas posiciones, niñas violadas y embarazadas, por ejemplo, deben llevar a término su embarazo, vaya a ser que alguien se ofenda.

Ya no son solo posiciones personales sobre lo que deben ser los derechos de las mujeres sobre su cuerpo, o nuestra posición sobre el uso de anticonceptivos. Son futuros. Son vidas. Son nuestros fracasos como sociedad. Y mientras la conversación siga centrándose en defender posiciones personales antes que en solucionar realidades, seguiremos perdiendo esos futuros y esas vidas. (O)

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