Nostalgias habaneras

- 13 de julio de 2016 - 00:00

(A Egle, con mucho aprecio). Uno no sabe por qué un domingo inesperado perdona el sentimiento reaccionario de la nostalgia, le da la vuelta, y quisiera que sonaran maracas de fe en el desencanto de algunas conversaciones amigas. Estaba en las calles Conil y Tulipán, para completar el recuerdo de 1978, Año del Undécimo Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, cuando toda conversación entre cubanos y ecuatorianos era para ponerle fecha a la nueva revolución. Este domingo, me encontré con una Habana cantando el blues de X Alfonso acerca del cansancio nacional por las dificultades económicas y la resistencia a no dejarse vencer. Paradoja muy cierta como toda razón y sentimiento popular. Este 2016 es el año 58 de la Revolución, los carteles con las consignas apenas consagran la resolución de continuar andando su propio camino. El cimarrón mayor, Fidel, aún tiene los cariños populares de otros tiempos.

En el 78, el entusiasmo de la gente cubana nos cargó de libros, comida y conversaciones políticas; al final una señora que consideraba que todo cubanísimo afecto demostrado era insuficiente, preguntó a este prospecto de jazzman: “¿Quiere algo más?”. Señalé la bandera de Cuba. Se abrieron las cataratas del dolor y aquella madre recordó a su hijo muerto cumpliendo su deber internacionalista, para ella esa bandera era el ánima bendita del fallecido. Caminé por esas calles, que ya no son las mismas. Por ahí un bolero de los de antes, a volumen de discreción y más allá un reggaetón pidiendo tímpanos, conversaciones que no entiendo por la velocidad de los hablantes, compras domingueras en el mercadito de verduras, bastantes camisetas del otro Barcelona y me encuentro con Manuel Assat, un escultor. Ha esculpido una parte del panteón yoruba y planta conversación que cierra con unos versos a su querida. Conil y Tulipán ya es otra cosa, hay cátedra de espiritualidad, pero no encontré la oficina del CDR (Comité de Defensa de la Revolución) Pablo Noriega.

Uno se devuelve a buscar esa otra Habana de esos años de la emulación socialista o de los Diez Millones, pero no, ahora mismo la gente está resolviendo y resolver es verbo de permanente transición y reflexión. El bloqueo estadounidense ha consumido cien mil millones de dólares, probablemente más, en el mercado fantasma de dificultades sin término. Hay que reconocer la efectividad malvada del ‘Programa Integrado de Acción Encubierta’ de los gobiernos de Estados Unidos: desesperar a pueblo y conducción revolucionaria cubanos hasta la caída definitiva o el desencanto. No ocurrió lo primero.

Treinta y ocho después de aquella primera vez en Conil y Tulipán, la preocupación es resolver la continuidad exitosa de la Revolución Cubana, a partir de la producción para sostener la justicia social, para acortar la espera de un transporte público, para estirar el salario hasta el fin de mes o para prolongar el uso de la ‘máquina’. Al final, el tema es martiano: es el sol o son sus manchas. (O)