¡No más pena de muerte!

- 07 de septiembre de 2018 - 00:00

Es lo que proclamó el papa Francisco a principios de agosto pasado; quitó del catecismo católico que la pena de muerte era “admisible”. De esta manera el Papa confirma lo que pedían numerosas asociaciones internacionales y lo que habían eliminado de sus Constituciones muchas naciones del planeta. Sobre todo el Papa retoma el sentido de los Diez Mandamientos de Moisés y más que todo “expresar esas novedades del Evangelio de Cristo”: “No matarás”… “ni con balas ni con hambre”, sin excepciones. La pena de muerte no soluciona los problemas sociales ni legales; los oculta.

El cambio es significativo. Por una parte, quita toda justificación a la pena de muerte y a las guerras que practican todavía grandes Estados, como por ejemplo, Estados Unidos. Por otra, modifica la afirmación del catecismo católico publicado por el papa Juan Pablo 2°, donde se creía la doctrina intocable.

El papa Francisco denuncia la hipocresía y la perversidad de sistemas políticos donde, en un mismo país, “coexisten dos Estados paralelos: un Estado jurídico formal vigente en las regiones habitadas por los incluidos en el mercado. Otro es el estado de excepción que predomina en las periferias habitadas por los descartados y explotados (donde) el Estado tiene carta blanca para ejercer su brutalidad, practicar la tortura y la pena de muerte”.

Para justificar el cambio en la doctrina católica, el Papa afirma que “la Palabra de Dios no puede ser conservada con naftalina, como si se tratara de una manta vieja que hay que proteger de la polilla. ¡No! La Palabra de Dios es una realidad dinámica, siempre viva, que progresa y crece porque tiende hacia un cumplimiento que los hombres no pueden detener”.

La exigencia de no matar incluye la de “no dejar morir” a millones de personas que tienen hambre o sed, que están enfermas o simplemente empobrecidas, ni a las que sufren las consecuencias mortales del negocio de la venta de armas o de la trata de seres humanos.

Ahora, habrá que elegir entre ser asesinos o samaritanos. (O)  

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