A los niños no hay que “domarlos”, hay que amarlos

- 12 de julio de 2019 - 00:00

El castigo corporal es una costumbre muy arraigada en nuestra cultura a la hora de disciplinar a los niños. Seguimos confundiendo disciplina con maltrato, porque muchos fuimos disciplinados sobre la base de amenazas, gritos o golpes. Disciplinar no es maltratar, es enseñar a obrar bien.

En Ecuador, 4 de cada 10 niños sufren maltrato extremo (baños en agua fría, golpes, encierros) por parte de sus progenitores. Con datos tan alarmantes como estos, toda forma de castigo debería estar expresamente prohibida en los hogares. De hecho, este ha sido un requerimiento formal realizado en varias ocasiones por organismos internacionales, en especial por el Comité de Derechos del Niño. El Estado ecuatoriano, hasta hoy, no ha humanizado su conducta ni honrado sus compromisos.

Al rechazar toda justificación de la violencia y humillación como formas de castigo a los niños, el Comité no está rechazando en modo alguno la disciplina positiva. Por el contrario, la respalda, en la medida en que esta anime a los niños a actuar en forma correcta, no por miedo al castigo, sino porque saben que es su deber hacerlo.

Para que sea un proceso educativo y no una forma de abuso, la fuerza de la autoridad de los padres no debe estar en el poder que puedan ejercer para someterlos, sino en la admiración que les infundan a través del ejemplo positivo.

Como obrar bien es algo que los niños no nacen sabiendo, los padres deben servir de controles externos para contenerlos dentro de los límites de lo correcto, mientras ellos aprenden a autocontrolarse y autodisciplinarse. Así van entendiendo que vinieron a este mundo no a exigirlo todo, sino a dar lo mejor de sí mismos.

Criarlos a rejo –con cabestros, correas, chanclas, varas, etc.- ya no funciona con niños que están más conscientes de su dignidad y que además se desenvuelven en un mundo y una realidad muy diferente a la que nosotros crecimos. Demostrarles afecto y respeto para que se sientan valorados y dispuestos a obrar bien es la clave, y se logra amándolos, no domándolos. (O)