Nicaragua: la atrofia muscular de un proceso (2)

- 07 de mayo de 2018 - 00:00

El decreto lanzado por el Gobierno para financiar el déficit en seguridad social a través del aumento de aportes onerosos tuvo carácter confiscatorio, despertando la indignación masiva de la población que no tardó en volcarse a las calles, desde Managua hacia todo el territorio nacional, en un acto de insurrección que pone en jaque al FSLN tras 12 años de mandato ininterrumpido y en un contexto de fuerte recesión económica.

La represión en las últimas dos semanas se ha llevado puesta la vida de más 60 personas -la mayoría de ellos estudiantes-, dejando centenares de heridos, desplazados y con cifras de desaparecidos que rondan entre los 15 y los 48, según informaron hace algunos días diversas organizaciones nacionales de derechos humanos; y la violencia paramilitar en combinación con fuerzas de choque de la Juventud Sandinista y la Policía Nacional, en pos de neutralizar el clima de protesta, va en aumento, poniendo al descubierto la fractura entre el pueblo y el Gobierno, lo que abre una herida que profundiza aún más la crisis interna de un movimiento en vías de desintegrarse.

En la otrora Latinoamérica -colonial y más preocupada por lo que pasaba en el Norte o del otro lado del Atlántico- nos enseñaron a desoír el clamor de nuestros países hermanos: a Ecuador, a Venezuela, a Nicaragua; a ignorarnos, o, peor aún, antagonizar entre nosotros. Como diría el presidente argentino Marcelo T. de Alvear en 1927, cuando Augusto César Sandino defendía la soberanía nicaragüense de la ocupación estadounidense: “Nicaragua está demasiado lejos para que los argentinos nos preocupemos por su destino”. ¿Sigue estando demasiado lejos? Nuestra preocupación por su destino sigue intacta, pase lo que pase y pese a quien le pese, y darle la espalda, como lo hicieron nuestras élites en los siglos anteriores, no es la solución. Más bien, todo lo contrario.

El panorama es desalentador, a pesar de haberse dado marcha atrás con el decreto de reforma social. Sin embargo, la atrofia política y social no es un trastorno aislado, y de no encontrar una salida a esta crisis, el sandinismo tendrá su primavera centroamericana y Ortega un final de época que no será recordado como el más feliz de toda su historia. (O)