Nacidos para ser felices

- 25 de octubre de 2017 - 00:00

Nacemos para ser felices, no deberíamos aceptar nada menos que aquello. También debería ser dogma de fe, aunque en todo axioma hay el riesgo de las historias únicas.

La fe en ese artículo bienhechor o malafesivo, porque mueve montañas o provoca derrumbes trágicos. Alto ahí, ese no es el rumbo de esta jam-session si no se quiere que el descomplicado monosílabo (fe) nos haga la vida de cuadritos este miércoles de sentido común flow. Ahí está el detalle, el más grande y sencillo llamado ‘sentido común’. Consentido por la multiversidad, pero resentido por la universidad (de único).

Resuelto el otro teorema de Fermat-Wiles: “Las leyes son para las personas y no al revés”. El semper fidelis a lo que sea solo funciona en la tribu de hierro y marfil, no en la interculturalidad. El tribalismo, de cualquier época y geografía humana, amanece a alabar los caprichos morales del cacique (o cacica) y comienza el despelote, porque unos quieren su cuota de felicidad estropeando la ajena. Las jefaturas tribales, sofisticadas o no, inventaron la ley del embudo, para dosificar la felicidad popular, diversa, genérica, regional, urbana, religiosa, política y todo aquello que organice las satisfacciones colectivas. Imágenes y semejanzas de aquello que somos en bondad, belleza y bienaventuranza.

“Lo contrario al miedo no es el coraje sino la fe”, no recuerdo el nombre de su autor, pero es el vivo sentido común de quienes respetan a las personas en su derecho a ser felices. Su fe en el ser humano con su existencia íntegra a ser feliz. El miedo se vende muy bien, suscribe esta teoría la experticia en marketing. Las tribus predicadoras del miedo gozan de excelente salud, ganan dinero, prestigio y favorecen a los opresores. Miedo a la negritud para negarle derechos y territorialidad, miedo a quienes viven barrio adentro, miedo a quienes hablan de solidaridad cristiana o musulmana, miedo a quienes prefieren la diversidad de género. Esos son los miedos históricos y mediáticos. La sociedad ecuatoriana casi no discute estos miedos, los evita o los disfraza, para no afectar ‘sensibilidades’ personales sin importar el entretejido ciudadano.

La ley del embudo es la tendencia grupal a apropiarse de existencias con sus biofísicas, cosmovisiones multiversas y pensamientos insurgentes planetarios. Es el capitalismo y sus contradicciones. Sus ideólogos intentan resolver esas contradicciones sofisticando el miedo mediante la religión (perversión de la fe) o con el racismo (por marcadores biológicos y de otra índole). O poniendo guardias de hierro al género humano como quiera expresarse en sus cotidianidades, sus estéticas, su organización política y su orientación sexual. A más de la contradicción capital/trabajo, explicada por K. Marx, hay otras, por ejemplo, capital/naturaleza, capital/democracia y capital/individualidad. Estas últimas líneas corresponden al académico francés Philippe Cortuf, Rebelión, del 17 de octubre de 2017. (O)