Munda rara

- 03 de noviembre de 2018 - 00:00

Somos testigos de cambios radicales en el plano de la moral social y en el de las más sagradas libertades de los individuos. Una de las imágenes que da cuenta de ello es la de bodas entre mujeres. Desde hace décadas, sabíamos de matrimonios en que los contrayentes eran varones. Ahora, gritamos que vivan las novias.

Hace poco, la legislación ecuatoriana otorgó, a una pareja conformada por dos mujeres, el estatuto de madres de los hijos que habían concebido por inseminación artificial. La niña y el niño han sido reconocidos legalmente como hijos de dos mamás.

Que las mujeres puedan casarse entre sí y que no necesiten de la figura paterna para conformar una familia muestra una ampliación de posibilidades para las mujeres y rompe con concepciones tradicionales que suponen sujeción a la autoridad masculina.

Por otro lado, las leyes están ratificando las más acendradas personales inclinaciones de los sujetos: a quién aman y con quién desean compartir la vida.

Ciertas modificaciones en el lenguaje pueden costar más, dada la tendencia del castellano al masculino como forma natural del plural y dado el rechazo que muchos sentimos por fórmulas como “[email protected]”.

Sin embargo es tan grande la necesidad de desmontar el orden jerárquico masculino con el que nos hemos amamantado –con un Dios padre a la cabeza, que perderle el respeto a la gramática cabe, perfectamente.

Lo mismo con “La Principita”, “Colmilla blanca”, “La Isla de la Tesora”, “La Vieja y la Mar”. Atreverse a jugar con los títulos sacrosantos de la literatura no quiere decir que dejemos de leer los clásicos ni que reduzcamos el arte a lo políticamente correcto.

¿No será que ya que leer más clásicas? Tal vez haya que cuestionarse el papel simbólico de padres, héroes, maridos, hermanos sobre las madres, esposas, hermanas, hijas. (O)

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