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Ecuador/Sáb.8/May/2021

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Maria Paz Jervis

Mi habitación propia

08 de marzo de 2021 00:00

El título de esta columna rinde homenaje a la famosa obra de Virginia Woolf publicada en 1929 “Una Habitación propia”. Considerada por muchos como uno de los textos básicos del feminismo, yo lo leí por ahí en el año 2002 cuando era estudiante de Derecho y tomé un curso de Literatura Post Moderna que me permitió reconocerme feminista.

Pero yo ya era feminista desde antes, tengo muchos recuerdos de mi infancia en los juegos del colegio y algunos niños me acusaban de ser feminista. Yo lo negaba y me defendía pues no entendía su significado. Fue recién a los 22 años que empecé a leer sobre el movimiento político, literario y artístico que inicia en el siglo XIX, que cobra fuerza a lo largo del siglo XX y que ahora a inicios del siglo XXI determina la agenda pública de la sociedad: el feminismo.

Asumirse feminista es un proceso que resulta liberador pero que también puede ser doloroso porque obliga a verse al interior en lo más profundo de tus convicciones, para muchas de nosotras transita por nuestra fe y nuestros credos; te lleva a deconstruir estándares con los que fuiste criada y reconocer que la mayoría de valores sociales reproducen el ejercicio de poder de hombres sobre mujeres; implica asumir una lucha permanente para revertir la correlación de fuerzas en la sociedad; entender que la condición de mujer está transversalizada por otras condiciones como la situación económica, el grupo étnico, el nivel educacional entre otros aspectos que definen tu historia personal. Y te lleva a aceptar que hay cosas que individualmente no puedes cambiar, perdonarte por muchas contradicciones que vas a mantener, porque al feminismo hay que asumirlo con responsabilidad y sin culpa.

Pero no ser feminista debe ser mucho más complejo aún. Me cuesta imaginar cómo viven las personas que no se han comprometido con la lucha por la igualdad y con la defensa de los derechos humanos en toda su dimensión. Vivir así debe ser esclavizante.

El texto de Woolf al que hago mención, reflexiona a partir de las mujeres en la literatura, plantea que toda mujer debería tener independencia económica y una habitación propia para poder escribir.

Cuando Virginia Woolf publicó este ensayo había pasado apenas una década del reconocimiento del derecho al voto para las mujeres y todavía había un largo camino por recorrer.

Ahora ha transcurrido casi un siglo desde esa reflexión y como mujer en condición de privilegio porque siempre he tenido acceso a educación y porque crecí en un entorno seguro, liberal, democrático y de mucho amor, hoy como otras mujeres necesito mi habitación propia.

Un espacio en el que puedas ser tú, al margen de tu rol de hija, de esposa, de madre. Estoy convencida que todas las mujeres necesitamos un lugar en donde despojarnos de las exigencias y las limitaciones que la sociedad nos ha asignado. Un espacio en que puedas decidir sobre tu cuerpo, tus deseos, tus necesidades y sobre todo tus sueños.

El feminismo es una corriente que ha evolucionado en estos tres siglos y que cada día cobra más vigencia. Es impensable una sociedad democrática que se desarrolle desde la desigualdad entre hombres y mujeres. En una sociedad equitativa ganamos todos y con la desigualdad perdemos todos.

Como ocurre en otras corrientes políticas, hay militancia fanática que en lugar de luchar por eliminar las desventajas estructurales de las mujeres promueven el caos y el enfrentamiento. Pero la reivindicación feminista es tan potente que ni los extremismos contemporáneos podrán empañar esta lucha por la justicia.