Memorias de la guerra

- 06 de noviembre de 2018 - 00:00

El santuario sintoísta de Yasukuni en pleno centro de Tokyo está dedicado a los espíritus de los japoneses muertos en las guerras. Miembros del gobierno y el propio emperador lo visitan anualmente. Un museo completa el lugar. Nos llevaron allí en nuestro primer día en la ciudad.

Después de un rato de caminar entre cañones, aviones de guerra, uniformes y armamentos militares nos preguntábamos por qué las activistas feministas que nos invitaron, y llevan años tratando de visibilizar los crímenes sexuales cometidos por el Ejército Imperial Japonés durante la Segunda Guerra Mundial, nos ponían en ese lugar.

Lo mismo nos sucedió cuando llegamos a la isla de Okinawa, al sur de Japón y anexada a su territorio, donde se erigieron la mayor cantidad de centros de reclusión de mujeres. Allí fuimos a visitar en primer lugar el memorial que homenajea a las víctimas de la batalla de Okinawa.

Igual que en Yasukuni, se trata de un memorial erigido en honor de aquellos varones que combatieron. Los criminales son parte indistinguible de ese paisaje épico. Y las mujeres, no aparecen. Fueron deshonradas para “sostener” la moral de los combatientes, y ahora son portadoras exclusivas de esa deshonra. No hay lugar para ellas en el altar de las víctimas.

La memoria de Japón es la de sus guerras y sus héroes. Una memoria masculina, que reserva a las mujeres el lugar de “solaz” de los guerreros, incluso después de muertos. El museo de Yasukuni exhibe unas muñecas que se depositaban junto a los kamikazes cuando eran cremados y oficiaban como esposas en el más allá.

Mujercitas para el consuelo post-mortem de los soldados, el desahogo de la posible rebelión familiar y la salvaguarda del Imperio. Nada muy distinto de lo que sucedió efectivamente durante la guerra con cientos de miles de mujeres de toda Asia pero de lo que no se habla en ningún museo, en ningún manual de escuela, en ningún acto oficial.

Las mujeres se cuelan en los bordes oscurecidos de esta memoria bélica y patriarcal. El memorial de la batalla de Okinawa, por ejemplo, termina en el mar. Allí sobresale un peñasco del que las mujeres se arrojaban vivas, en algunos casos con sus hijas o hijos, frente al pánico de ser violadas por las tropas japonesas o aliadas sobre el final del conflicto. Nada lo cuenta, salvo las mujeres que nos acompañan.

Después de terminada la guerra, el ejército vencido ofreció al vencedor las casas de reclusión, por lo que para cientos de miles de mujeres no hubo fin de los padecimientos sino enroque de victimarios. Aún hoy en Okinawa, cuyo territorio está ocupado en un 20 por ciento por bases militares de Estados Unidos, las mujeres siguen siendo violadas impunemente por los marines. Aquí el olvido es una fábrica de producir repeticiones.

A partir de la década del 90 del siglo pasado, más de cuarenta años después del fin de la guerra, algunas de las mujeres víctimas de esclavitud sexual comenzaron a romper el silencio. A pesar de las pruebas testimoniales y archivísticas que revelan el involucramiento directo de las fuerzas militares japonesas en la organización y gestión del sistema de esclavitud sexual y las gravísimas secuelas en cientos de miles de mujeres, el Estado japonés ha obstruido hasta el día de hoy la posibilidad de hacer memoria, verdad y justicia sobre lo sucedido, la sociedad ha permanecido en gran medida indiferente y las organizaciones que trabajan estos temas han sido perseguidas o ignoradas.

Las activistas del Women’s Active Museum on War and Peace (WAM), impulsor del encuentro en Japón, reunieron testimonios y archivos sobre la violencia sexual ejercida por el Ejército Imperial Japonés durante la Segunda Guerra. Este acervo se unió al de una alianza de organizaciones y gobiernos de siete países asiáticos y se presentó al Programa Memorias del Mundo de la Unesco.

A pesar de que fue inicialmente aprobada su incorporación; el gobierno de Japón la ha frenado, forzando un proceso de inviable mediación entre la posición oficial y la de las organizaciones y gobiernos presentantes. Se trata de un caso testigo de disputa sobre memorias donde el desequilibrio evidente de poder sólo se compensa con la pulsión de verdad de las víctimas. 

En ese campo hostil luchan las mujeres japonesas que admiran a las madres de Plaza de Mayo y reconocen la experiencia argentina como un modelo de construcción de memoria sostenido en el activismo social, del que pueden hacer uso para impulsar su propio camino.

* Directora de Memoria Abierta, alianza de organizaciones de derechos humanos argentinas creada en 1999 para trabajar en temas de archivos, sitios y memoria.

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