Meditaciones hobbesianas (3)

- 07 de junio de 2018 - 00:00

El Leviatán es esa bestia que pierde su condición de tal para aleccionar a los hombres primitivos en la pedagogía del orden, la civilidad y el control y que se encargue de la vasta tarea de administrar las cosas que dejaron de pertenecerle a los hombres. La cultura del Leviatán, de su expansión disciplinaria, trae la vigilancia y el castigo; la seguridad y la paz.

Sin los primeros no hay segundos. Es la letra chica del contrato y que todos debemos leer antes de firmarlo. ¿Pero qué otra opción tenemos? ¿Vivir por “fuera de la ley”? Las reglas del juego ya fueron creadas y sancionadas hace cuatrocientos años y cada norma coloniza los hábitos y el lenguaje: coloniza la vida humana.

El Estado moderno administra la paz y la guerra; la seguridad y el conflicto; la vigilancia y el castigo. Tiene lo que, tiempo más tarde, el filósofo alemán Max Weber -influenciado por la teoría hobbesiana del Estado- denominará “monopolio de la violencia física”, y con este rasgo fundamental ejercerá la ley y, de no cumplirse, dejará caer todo su peso.

En esto radica su poder. En concentrar algo que antes se encontraba disperso y en las rudimentarias manos de los individuos. No obstante, para que esto exista como tal, para que tenga legitimidad y se proyecte sobre la sociedad, es porque la condición humana le ha brindado los fundamentos que lo hacen un “mal necesario”.

A ver. La condición humana, mirada desde el prisma empirista de Hobbes, es la guerra de todos contra todos, en el cual cada sujeto está determinado por su propia conciencia, y, agregaríamos, siguiendo la concepción psicoanalítica de Sigmund Freud, por su propia “pulsión de muerte”, que pertenece al inframundo de lo racional que es el inconsciente.

En efecto, Hobbes no analizó las dimensiones de la conciencia y la subjetividad humana como lo hizo Freud más de dos centurias después, pero se acercó bastante. En la guerra de todos contra todos, no existe nada más que el sujeto que se gobierna a sí mismo. (O)