El matrimonio

- 20 de junio de 2019 - 00:00

El matrimonio es una institución tradicional y conservadora, todo un invento para fines de poder y economía. Cuatro son sus funciones: liberarnos de un pecado; reproducir valores y lo más importante, constituir y garantizar la transferencia de un patrimonio material al cónyuge y a los hijos. Cuando firmamos el documento del matrimonio civil, más que un derecho, legalizamos una sociedad económica conyugal y además simbólicamente nos esposamos, al respecto de lo cual hay mil relatos con sal y pimienta.

La cuarta función del matrimonio es la relacionada con el poder estatal. Por una parte sostenemos que los ciudadanos constituimos la sociedad civil, la misma que debe limitar al Estado en sus pretensiones de reglamentar nuestras libertades. Pero por otro lado queremos que el Estado registre y valide nuestra unión dual. Aunque existe la unión libre, sentimos la necesidad de pedirle al Pater Estado la venia para mantener una relación.

Desde hace siglos el Estado occidental ha obligado a sus habitantes a casarse con el fin de desarrollar estadísticas sobre fuerza de trabajo, patrimonio y propiedad. En el siglo XIX el Estado persiguió a los y las manabitas, quienes se resistían al matrimonio obligatorio religioso-estatal, porque intuían que el fin era controlar la mano de obra campesina. Llegó a profanar tumbas de concubinos y a usar la coerción para someter a niños “ilegítimos” y a los manabitas libertinos, que además rompían el principio de la dualidad y practicaban la poligamia.

El matrimonio caló tanto que lo concebimos como natural, incluso como derecho, cuando en realidad es una creación funcional al poder y al Estado, que no tiene nada que ver con el amor ni con la reproducción de la especie, puesto que para ninguno de esos fines se lo necesita.

De ahí que el verdadero derecho de libertad frente al Estado, si fuera el caso, podría consistir más bien en la desaparición del matrimonio civil, pero mientras existan estructuras de dominación, eso sería imposible, incluso nosotros mismos terminamos defendiéndolo en todas sus formas, a nombre de la libertad, el patrimonio y los derechos, debido a que en el fondo somos contradictorios y reproducimos tradiciones conservadoras funcionales al sistema capitalista.

En este punto debo hacer una confesión: yo también firmé la sociedad conyugal, me puse corona de flores y en su momento me sacramentaron. (O)

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