Más paisaje, menos escombros

- 06 de mayo de 2018 - 00:00

Cuando los antiguos pobladores de lo que hoy es Quito escogieron su emplazamiento, lo hicieron principalmente debido a la óptima posición defensiva, protegida por la estribación del Huanacauri al norte, el Yavirac y la quebrada del Machángara al sur, el Itchimbía al este y el Pichincha al oeste.

Pero, como lo muestra cualquier rincón de la ciudad medio encaramado, sin duda la belleza paisajística también influyó, pues esos mismos baluartes naturales son al mismo tiempo miradores privilegiados.

Uno de los paseos escénicos más bellos del Quito moderno fue la avenida Simón Bolívar, en el trecho que bordea la vertiente oriental de Puengasí, paralela al antiguo Cápac-Ñan. En una mañana transparente, entre el barrio Guadalupe y la quebrada de Catahuango, todo automovilista podía admirar, por kilómetros ininterrumpidos, las deslumbrantes moles de Cayambe, Antisana y Cotopaxi, recortadas contra fondo azul, y su séquito de hermanos menores: Pambamarca, Puntas, Sincholagua, Pasuchoa y Rumiñahui. Y, a sus pies, en verde brillante, el mínimo volcán Ilaló vigilando al valle de Chillo.  

Era un deleite para el espíritu. Hasta que a algún funcionario sin criterio (“al fin y al cabo, paisaje nomás es”) se le ocurrió que en la margen oriental de la avenida debía instalarse una escombrera.  

Que los restos de construcciones públicas y privadas de la ciudad deban ser depositados en alguna parte se comprende, pero ¿tenía que ser en pleno Parque Metropolitano del Sur? Es más: ¿no podrían haber sido acumulados solo hasta el nivel de la vía?, ¿era necesario elevar la pila de desechos hasta ocultar el paisaje?

Me dirán que no sea “sufridor”, que igual más allá se puede seguir viendo las montañas y que ya han pasado muchos años. Les responderé: mientras más montañas y menos cemento veamos, más bosques y menos asfalto recorramos, más aire puro y menos efluvios nauseabundos respiremos, más gozará nuestro espíritu y mejores personas seremos. Ese es el efecto comprobado del contacto con la naturaleza. Y el paisaje no es sino el lenguaje con que ella nos habla. (O)

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