Macondo está al norte…

- 17 de enero de 2018 - 00:00

Isabel ve nevar sobre este Macondo anglosajón y tendrá justificadas nostalgias de aquel afropresidente que, sin despegarse una pulgada de la línea presidencial estadounidense, intentó ser el policía imperial bueno. Casi lo logró.

Ahora está este hijo twitteador de otra Bendición Alvarado, de madrugadas insomnes, porque duerme mal las molestias de gobernar sin las cañoneras en las costas de países de cuya existencia recién se percata, dictando clases deplorables de geografía antropológica para dividir al mundo en países lindos y bellos y en países de estiércol. Isabel no sabría explicar, parafraseando a uno de sus escritores favoritos: “en qué momento se jodió la White House”. O siempre estuvo fastidiada solo que los rielazos de porquería caían en lugares lejanos.

En este invierno patriarcal, Isabel pensará, con las congojas de una solidaridad inútil, en Puerto Rico asociado “en sociedad” con quien le quiere de mal a peor; pensará en México, infamado con las verbas de la ruindad, obligado a financiar la muralla del desprecio; pensará en Haití, glaciales lágrimas por las mejillas, castigado una eternidad por su republicanismo ejemplar.

A diferencia de aquel gobernante de fábula, que solía errar sin rumbo por su palacio colonial, asomándose a la ventana, a veces, para observar el sopor del Caribe en los días más luminosos, este de la casa nívea da pocos pasos con su feliz terquedad: “El sueño americano está muerto. Pero si fuera elegido presidente (¡y lo fue!, JME) lo traería de regreso más grande, mejor y más fuerte que nunca”.

Los artilugios de su poder son sus frases dirigidas al fondo de la hipófisis satisfactoria del racismo gringo, no las descontinúa, más bien compite consigo mismo en la búsqueda de cierta memoria cotidiana y perpetua. Isabel cree que el Maestro Gabo fue un profeta al revés, el patriarca no estaba allá abajo ni era otoñal; está ahí, visto desde este bar vespertino, en el 1600 Pennsylvania Av. NW, Washington, DC 20500. (O)